Hoy en la Orden

Santos Agustinos

En el año 1912, el Papa Pío X publicó un documento en el que se reconoce que la Orden de Agustinos Recoletos de España y las Indias son una comunidad religiosa independiente.

2014

AGUSTINOS DE LA PROVINCIA DEL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS DE MÉXICO 

SAN FULGENCIO DE RUSPE, OBISPO

3 DE ENERO

 

A comienzos del siglo VI, Ruspe, pequeña ciudad de la provincia romana bizantina, había quedado sin obispo, como otras ciudades africanas, porque el rey visigodo Trasamundo, celoso arriano, había prohibido la elección de nuevos obispos católicos. Pero, al fin, los obispos de la región bizantina resolvieron no acatar la injusta disposición. Entre los candidatos, estaba también Fulgencio, un hombre de gran cultura teológica y humanística, que al amor del estudio unía la práctica de la ascética cristiana.

 

               Había nacido en Thelepte (hoy Medinet-el-Kedima, Túnez) el 462, de una familia senatorial romana, Gordiani, su madre era cristiana. que se había establecido en Cartago. Allí se había mostrado buen administrador del rico patrimonio paterno y buen procurador de los impuestos de la provincia. Pues muy joven comenzó a ejercer el cargo de procurador en su pueblo natal, cargo que implicaba la gestión pública entre los vándalos de la recaudación de impuestos. La convivencia era difícil, entre los arrianos, que eran los dominadores, y los católicos, los súbditos. Bajo el reinado de Trasamundo (496-523) no falta la persecución.

 

               Atraído por la vida religiosa, se decidió definitivamente por ella, después de haber leído el Comentario de San Agustín al salmo 36. Tras algún tiempo, hacia el 499, decidió unirse a los solitarios de Egipto, en la Tebaida, orientando decididamente su vida hacia la austeridad y hacia la búsqueda de la soledad. Trató de unirse a los monjes egipcios, pero la nave que lo llevaba, pasando por Sicilia, tuvo que detenerse en Siracusa, donde le disuadieron de su propósito por el influjo monofisita que existía entre aquellos monjes. Fue ordenado sacerdote. Antes de regresar a África, visitó Roma el año 500, poco después le llegó la noticia de que estaba en la lista de los candidatos al episcopado. Era demasiado. Fulgencio fue y se escondió en un lugar apartado, hasta que supo que todos los nuevos obispos habían sido ya consagrados. Cuando reapareció, hacia el 502, quedaba todavía una sede vacante, la de la pequeña ciudad de Ruspe, y los obispos se apresuraron a consagrar al recalcitrante monje.

Sufrió dos veces destierro en Cerdeña, por el furiosísimo rey Trasamundo, que desterró junto con Fulgencio a otros 59 obispos católicos. Muerto Trasamundo en el 523, los obispos desterrados pudieron regresar a sus sedes. Durante nueve años, Fulgencio gobernó su pequeña diócesis de Ruspe según el estilo monástico. En efecto, cerca de la iglesia catedral había fundado un nuevo monasterio, en donde él mismo vivía pobremente, dedicando gran parte de su tiempo a la oración coral y a la composición de obras doctrinales y pastorales. Su labor se extenderá a atender también a obispos, sacerdotes y fieles, con una pedagogía muy eficaz, la del propio ejemplo. Padre y pastor de su rebaño, daba a los pobres todo lo que recibía. Tenía una grande aptitud para la predicación. Se cuenta que el obispo de Cartago, al escuchar un sermón suyo en la basílica de Furnos, lloró de conmoción.

 

               En Cagliari, Fulgencio pudo desarrollar una intensa actividad religiosa. El mismo Trasamundo, que se las daba de teólogo, le escribió proponiéndole algunas difíciles cuestiones y ofreciendo así a Fulgencio la ocasión para escribir algunos tratados teológicos que llegarían a ser muy famosos. La oración, la lectura y su labor de escritor llenaban su jornada. En su obra, expone con nítida precisión la doctrina trinitaria y cristológica, trata los problemas de la gracia y de la predestinación, polemiza con los arrianos. El Concilio Vaticano II (en el Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia) hará referencia al pensamiento de Fulgencio, en concreto a una carta al rey Trasmundo.

 

               Cultivó intensamente la doctrina agustiniana, como lo denotan sus obras. Su vida monástica se ajusta en líneas generales  la mentalidad y al estilo de vida de San Agustín. Ha sido llamado con razón “Augustinus breviatus”. Amó profundamente la vida de comunidad y la comunión de vida. No acertaba a vivir sin monjes. Por eso fundó varios monasterios, lo mismo en su patria que en el destierro. San Fulgencio murió en Ruspe el l de enero del 532. La Orden celebra su culto por lo menos desde 1581.

 

BEATOS CLEMENTE DE ÓSIMO Y AGUSTÌN DE TARANO

19 DE MAYO

 

           CLEMENTE, nació a primeros del siglo XIII en la región italiana de las Marcas, muy probablemente en San Elpidio, si bien los primeros historiadores lo hacen natural de Ósimo.

De adolescente entró a formar parte de la congregación eremítica de Bréttino, llegará a ser agustino en 1256. En 1269 era provincial de la provincia de la Marca Anconitana. A partir del 1271 gobernó la Orden por tres años. Después de haber renunciado a su oficio, llevó una vida retirada. Aún así, tuvo el cargo de visitador de la provincia romana. Por segunda vez es elegido general, hora por unanimidad, en el capítulo de 1284. Luego, en el capítulo celebrado en Florencia en 1287 sería confirmado por otros tres años, y obligado a aceptar nuevamente el cargo de general en el capítulo de Ratisbona de 1290. La muerte le sorprendió en la primavera de 129l.

 

Clemente desarrolló en su generalato una gran labor en beneficio de la Orden: potencia los estudios fundando el Estudio General de Roma, insiste en la observancia religiosa, consigue ayudas económicas, dispensas pontificias, como por ejemplo la exención de la jurisdicción de los obispos, funda conventos femeninos, fomenta la creación de bibliotecas y archivos provinciales, introduce en la Orden la devoción a la Señora...

Su gobierno destaca por haber comenzado en la Orden la tradición mariana (1284) cuando habla de “Benedicta tu” y “Vigiliae B. M. Virginis” en honor de Nuestra Señora de Gracia; por la formulación y promulgación de leyes estables o constituciones para toda la Orden, conocidas por constituciones de Ratisbona (1290), que permanecieron en vigor, salvo ciertos retoques, hasta la reforma de Trento 1551; y por apostar firmemente por la cultura, creando cuatro estudios generales en Italia –Roma, Bolonia, Padua y Nápoles- y otro más en París, centro de la cultura europea del tiempo.

 

Cuatro veces general, gobernó la Orden de forma admirable, labor que le fue reconocida por los papas Honorio IV y Nicolás IV. Visitó los conventos de Francia, Alemania e Italia, y fue confesor del cardenal Gaetani, futuro Bonifacio VIII.

 

Se distinguió por su amor fraterno, espíritu de pobreza y benignidad. Murió con fama de taumaturgo y de santo en Orvieto el 8 de abril de 1291, donde se encontraba de visita pastoral, siendo enterrado en el convento agustino de la ciudad. En épocas sucesivas sus restos fueron repartidos entre Orviero, Ósimo y San Elpidio. A principios del siglo XIX gran parte de sus reliquias fueron trasladadas a la iglesia de san Agustín de Roma, donde permanecieron hasta que en 1970 pasaron a la capilla de la Curia General de la Orden.

 

Clemente XIII confirmó el culto “ab immemorabili” en 1761. La Orden Agustiniana celebra su memoria el 19 de mayo, unida a la del Beato Agustín de Tarano.

 

AGUSTÍN nació en Tarano (Rieti, Italia) hacia 1240, recibiendo el nombre de Mateo. Concluidos los estudios jurídicos cursados en la universidad de Bolonia, trabajó en la corte del rey Manfredo de Sicilia como consejero, secretario y prefecto en la cancillería del reino entre los años de 1248 y 1266. Muerto éste en la batalla de Benevento (1266) y herido o enfermo Mateo, decidió retirarse del mundo para dedicarse a la oración.

 

Después de haber reflexionado por un tiempo en Sicilia se llegó al convento de Rosia, cercano a Siena, integrándose en esta comunidad como hermano no clérigo, sencillo e ignorante, ocultando su cultura y condición social. Cambió el nombre de Mateo por el de Agustín. A tenor de un pleito que había puesto el obispado de Siena contra el convento, Agustín redactó una memoria, de extraordinario saber jurídico, en defensa de los derechos del convento. El abogado del obispado, antiguo compañero de universidad, descubrió quién era en realidad su autor. El amor a la justicia y a la comunidad desbarató maravillosamente sus planes, y fue descubierta su fama.

 

Cuando el general Clemente de Ósimo conoció la fama, los talentos y las virtudes del “nuevo” Agustín, lo trasladó a Roma. Poco después recibió el sacerdocio y Nicolás IV lo nombró penitenciario apostólico y confesor suyo. En estos oficios estuvo durante casi diez años, incluso bajo el pontificado de Celestino V y Bonifacio VIII. Por el mismo tiempo colaboró en su papel de canonista en la redacción de las constituciones ratisbonenses de 1290.

 

Una vez convocado el capítulo general en Milán y reunidos los capitulares, acordaron, en ausencia del interesado y sin conocer su parecer, elegir a Agustín de Tarano o Nuevo general de la Orden. Aceptó con gran humildad el cargo, si bien redujo el trienio a dos años, ya que anticipó el capítulo, convocándolo en 1300, en el cual renunció. El tiempo que gobernó la Orden lo hizo justa y paternalmente, promulgando buenas disposiciones, y sobresalió por su humildad y observancia religiosa. Agustín es el más prestigioso legislador de la Orden en el período formativo de la misma.

 

Los últimos nueve años de su vida los pasó en el convento de San Leonardo del Lago (Siena), muy próximo al de Lecceto, “descansando a la sombra de la divina contemplación”. Entregó su alma al Creador el 19 de mayo de 1309. El cuerpo fue trasladado a la iglesia de san Agustín de Siena, donde se le representó con un ángel a la espalda –“el ángel que susurra” se convertirá en una constante iconográfica- símbolo de la inspiración de lo alto.

 

En 1759, Clemente XIII aprobó el culto ininterrumpido proclamándolo beato. En la Orden agustiniana su memoria se celebra el 19 de mayo, juntamente a la de Clemente de Ósimo. En 1973, sus restos fueron trasladados a Términi Imerese en Sicilia.

 

ORACIÓN:

“Envíanos, Señor, el espíritu de amor que animó a los beatos Clemente y Agustín en la revisión de las leyes y en el gobierno de la Orden, para que, enseñados con su ejemplo, cumplamos tus mandamientos, no por el temor del castigo, sino por el amor de la justicia. Por NSJ.”

 

BEATA CRISTINA DE ESPOLETO

13 DE FEBRERO

El inicio de la vida de esta figura femenina italiana puede muy bien colocarse en el instante en el que ella, en torno a 1450 o algo más tarde, decidió cambiar de vida y, abandonando la familia y los lugares en que había vivido, vistió el hábito de agustina secular. De ella sólo se sabía que era muy joven, hermosa, que decía llamarse Cristina, y que deseaba ardientemente dedicarse al seguimiento de Cristo.

 

Su existencia fue un peregrinar permanente en busca de un lugar donde vivir en el olvido más absoluto. Su penitencia fue extraordinariamente dura. La vida de piedad,  su oración y sus obras de misericordia con los necesitados se multiplicaban cada día. Vivió en diversos monasterios de Agustinas; pero se alejaba de ellos tan pronto como advertía que le dispensaban trato y aprecio especiales.

 

En 1457, comenzó una peregrinación, deseosa de visitar los lugares santos de Asís, Roma y el Santo Sepulcro. En compañía de otra terciaria, llegó a Spoleto, donde permaneció hasta el final de sus días, dedicándose a la asistencia de los enfermos en el hospital de la ciudad.

 

Después de haber vivido intensamente su nueva vida durante unos años, quizá sin alcanzar los treinta de edad, el 13 de febrero de 1458 entregó su alma al Señor, con gran fama de santidad, sellada con muchos milagros.

 

En estas noticias hay concordia entre los hagiógrafos. No así sobre el tiempo precedente a su heroica decisión de huir del mundo permaneciendo en él, motivo por el que se la conoce bajo varias denominaciones. Algunos la consideran perteneciente a la familia de los Visconti de Milán o a la de los Semenzi de Calvisano, no distante de Brescia. Para éstos la fuga habría sido motivada por el deseo de liberarse de quienes insistían en casarla contra sus propios deseos e ideales. Otros la presentan con el nombre de Agustina, nacida en las proximidades del lago de Lugano entre 1432 y 1435.

 

Según esta versión, se llamaba Agustina Camozzi, hija de un médico de nombre Juan Camozzi, vecino de Osteno (Como), y casada todavía muchacha con un artesano del lugar, un cantero. Al quedar viuda tras breve convivencia, habría mantenido una relación con un caballero milanés, oficial del ejército, del que tuvo un hijo, muerto muy niño. Casada en segundas nupcias, con un campesino de Mariana, diócesis de Mantua. Se enamoró perdidamente de ella un militar, que terminó por asesinar a su marido. Por ésta, u otras causas, el asesino fue castigado con la pena capital.

 

Agustina decide cambiar totalmente de vida. Escoge Verona como residencia y allí, deseando imitar a Cristo y tomando el nombre de Cristina, hace profesión como agustina secular.

 

¿Visconti, Semenzi o Camozzi? ¿Modelo de vida sin mancha o de convertida? La respuesta se la llevó Cristina consigo a la tumba.

 

Su cuerpo fue sepultado en la iglesia de san Nicolás de Spoleto, en aquel entonces regida por los agustinos. Numerosas gracias y milagros atribuidos a su intercesión contribuyeron a acrecentar y difundir el culto nacido inmediatamente después de su muerte, que Gregorio XVI ratificó en 1834, proclamándola beata.

 

ORACIÓN: “Oh Dios, que no quieres la muerte del pecador, sino que se convierta y viva; haz que, también nosotros, siguiendo el ejemplo de la beata Cristina, demos frutos saludables de verdadera penitencia y conversión. Por N.S.J.”. Amén.

BEATA MAGDALENA ALBRICI DE COMO

17 DE JULIO

Nació en Como (Italia), hacia 1415.

 

Con un amor muy grande a Jesús, entró en una casa religiosa que, fuera de los muros de la ciudad, había sido instituida bajo la Regla de S. Agustín, en un lugar llamado Brunate. Habiendo crecido la comunidad paulatinamente con el ingreso de varias jóvenes, se convirtió la casa en monasterio con el título de S. Andrés y bajo la misma Regla. En 1455, la comunidad fue acogida en la Congregación Agustiniana de Lombardía, lo cual fue definitivamente aprobado por el Papa Pío II el 16 de julio de 1459.

Consideraba como una de sus mayores satisfacciones pertenecer a la Orden Agustiniana y estar bajo su jurisdicción. Enamorada de la espiritualidad agustiniana, fue una admirable propagadora de la vida agustiniana. Unió a muchas consagradas, que hacían vida común, a la Orden. Así se acrecentó la familia agustiniana con un considerable número de monasterios.

 

A las hermanas que estaban a su cargo las incitaba a una mayor perfección en las virtudes, prefiriendo siempre obedecer que mandar, ser súbdita que superiora. También se le atribuye la fundación de una fraternidad de agustinos seculares en Como.

 

Sobresaliendo en la pureza de vida y en la caridad con todos, murió en mayo de 1465, muy probablemente el día 15.

 

S. Pío X confirmó su culto en 1907. Sus restos se conservan en la catedral de Como.

 

ORACIÓN:

 

“Oh Dios, amador de la pureza, que a la beata Magdalena, virgen, encendida en el amor a la pasión y muerte de tu Hijo, Jesucristo, la colmaste de dones celestiales: te pedimos que nos concedas imitar su pureza y caridad. Por N.S.J.”. Amén.

BEATO ANTONIO DE LA TORRE DE LAQUILA

24 DE JULIO

Nació en Milán (Italia), hacia el año 1424, de la noble familia los Torriani o Della Torre. Después de haber estudiado medicina en la universidad de Pavía y durante algún tiempo ejercitado su profesión en Milán, visitó el hábito agustiniano en el convento de san Marcos de esta ciudad, y poco más tarde recibió la ordenación sacerdotal.

Temiendo que la estima y admiración de que le iban rodeando pudieran dañar a su espíritu, con el permiso de los superiores se retiró al convento de san Nicolás de Foligno, donde tuvo una visión de la Virgen María, de la que era devotísimo. Desde allí poco más parte, visitó la santa casa de Loreto. De la ciudad umbra de Spoleto, hacia el 1454, pasó a Roma, y después de venerar las tumbas de los Apóstoles, partió en pía peregrinación a Santiago de Compostela, donde llegaría a finales de 1464; desde donde inició una viaje apostólico, predicando a lo largo de 10 años por España, Francia e Italia. Estos desplazamientos contribuyeron a difundir su fama de santidad, sobre todo por la caridad hacia los enfermos y achacosos, a cuyo servicio ponía con generosidad sus conocimientos médicos, y con los pobres.

 

Famoso no sólo por los milagros que oraba sino también por su predicación ardiente y eficaz, en 1474 fue enviado a L’Aquila para aplacar las discordias que laceraban la ciudad. Fue precisamente allí donde se manifestaron mayormente sus virtudes: heroica penitencia, caridad con los apestados, humildad y celo incansable, oración asidua y observancia rigurosa de la regla.

Durante dieciocho años dirigió como maestro de espíritu el monasterio de las agustinas de santa Lucía de L’Aquila, consiguiendo hacer florecer una ejemplar observancia regular. Fundó también las “manteladas” o “beatas” de S.Agustín, con sede en la iglesia homónima, siempre en L’Aquilka, piadosa y benemérita asociación que perduraría hasta el 1809.

 

Disfrutó del don de profecía y de los éxtasis. Al morir el 24 de julio de 1494, fue sepultado en la iglesia de san Agustín, de donde en 1808 pasó a la de Collemaggio, y en 1838 a la de san Bernardo. Muy pronto gozó de gran veneración, y su fiesta, celebrada en el aniversario del fallecimiento, contó con misa, antífonas e himnos propios. Su culto fue confirmado el 1 de julio de 1759 por Clemente XIII, y en 1770 fue dado como protector a la nueva provincia agustiniana de L’Aquila.

Desde 1987, el cuerpo del beato, venerado junto al de la beata Cristina de L’Aquila, se encuentra en la iglesia del monasterio de las agustinas de san Amico de L’Aquila

 

ORACIÓN:

 

“Padre nuestro, que condujiste al beato Antonio a la gloria celestial por el camino de la humildad y de la caridad, ayúdanos a seguir, con espíritu humilde, su ejemplo de abierta entrega a los demás. Por N.S.J.”. Amén.

BEATO ELÍAS DEL SOCORRO NIEVES

11 DE OCTUBRE

Nació en la Isla de S. Pedro, Yuriria (Guanajuato – México), el 21 de septiembre de 1882. Era hijo de Ramón y Rita, un matrimonio de modestos agricultores de profunda religiosidad.

De niño ya manifestó el deseo de ser sacerdote, pero a los doce años su padre era asesinado y tuvo que dejar los estudios para obtener algún dinero con el que contribuir al sustentamiento de la familia.

 

En 1904, no obstante su escasa preparación y a su edad adulta, consiguió ser admitido en el seminario agustiniano de Yuriria. Las dificultades por causa de los estudios iniciados, por quien a los veintiún años abandonaba las faenas del campo, fueron superadas con tesón y esfuerzo. En las provenientes de la carencia de recursos económicos y de su débil constitución física, nunca faltó quien le echara una mano. En reconocimiento a la ayuda de lo alto y movido de su filial devoción a María, al profesar en 1911 cambió el nombre de Mateo Elías por el de Elías del Socorro.

 

Ordenado sacerdote en 1916, ejerce su ministerio en diversas localidades del Bajío, hasta que en 1921 es nombrado vicario parroquial de La Cañada de Caracheo (Gto.), un poblado muy pobre en las estribaciones del “Culiacán”. En este centro, de escasos recursos económicos, desprovisto de servicios sanitarios y de escuela pública, no se limitó a la asistencia espiritual de su grey. Habiendo conocido el trabajo manual y la indigencia, no le pesaron ni las privaciones ni la pobreza, que compartió con ánimo generoso, jovial disponibilidad y confianza en la Providencia, infundiendo en ellos consuelo y esperanza cristiana, compartiendo sus anhelos y sufrimientos.

Fue precisamente durante estos años cuando nace el movimiento de los “cristeros”, que fue alcanzando formas de duro anticlericalismo. No había un poder central en la práctica, ni seguridad, ni esperanza en apelar a la justicia. Cualquiera podía hacerse con un arma y convertirse en “la ley”… Odio, rivalidad, lucha… y miedo en todos de que un día u otro un grupo de aquella gente pudiera llegar a cualquier pequeño rincón. A finales de 1926 se llegó a la efectiva persecución de la Iglesia, pues el gobierno había publicado una drástica disposición de impedir cualquier actividad religiosa que no estuviese controlada por la autoridad civil. Si bien las cosas seguían con normalidad, cabía la posibilidad de que cualquiera se amparase en ello para atentar contra la religión. Todos sabían el riesgo. El padre Nieves, que se mantuvo al margen de esta revolución armada, a pesar de su carácter tímido, se estableció por prudencia pero sin miedo en una cueva de un cerro cercano, asegurando así a sus fieles la asistencia religiosa, pues ellos no entendían la medida gubernativa. El 7 de marzo, un destacamento llega buscando unos ladrones; siendo ya tarde, deciden pernoctar en la iglesia parroquial, cosa que rebeló a la gente. Los soldados pidieron refuerzos… Esta clandestinidad, llevada adelante durante catorce meses, finaliza la mañana del 9 de marzo, cuando se tropezó con un destacamento de soldados, a los que llamó la atención que bajo el vestido blanco de campesino se entreviera el oscuro que empleaba en su ministerio pastoral nocturno. Interrogado, declaró su condición de sacerdote, siendo arrestado inmediatamente junto con un par de rancheros, los hermanos Sierra, que se ofrecieron a acompañarlo. Al amanecer del 10 de marzo de 1928, militares y prisioneros se pusieron en camino en dirección al pequeño centro urbano de Cortazar. En el primer alto, el capitán al frente del destacamento dio la orden de pasar por las armas a los dos hermanos, testigos incómodos, quienes después de confesarse murieron vitoreando a Cristo Rey. Ya próximos al poblado, el capitán se dirige al Padre diciéndole: “Ahora le toca a Vd. Vamos a ver si morir es como decir misa”. El Padre le respondió: “Es lo justo. Morir por la fe es un sacrificio agradable a Dios”. El P. Nieves pidió unos momentos para recogerse y prepararse al gran paso, que para él era como el ofertorio de una misa con Jesús. Él mismo rompió la tensión del momento, diciendo: “Estoy listo”. Mientras preparaban los fusiles, comenzó a recitar el credo y dijo con decisión: “Os quiero bendecir en señal de perdón”. Pero el capitán gritó: “Yo no quiero bendiciones. Me basta el fusil”. Y mientras el Padre tenía todavía la mano alzada para bendecir, le dispararon al corazón. Aún tuvo tiempo para gritar con claridad: “¡Viva Cristo Rey!”.

 

Enseguida la gente comenzó a venerarlo como a un santo mártir. La tierra manchada con su sangre ha sido conservada como reliquia; el lugar del fusilamiento fue de inmediato su santuario. Su sacrificio ha sido una ofrenda por la pacificación del pueblo

 

Sus restos descansan en la iglesia parroquial de La Cañada. Fue solemnemente beatificado por el Papa Juan Pablo II el 12 de octubre de 1997.

 

ORACIÓN: “Oh Dios, que concediste a nuestro hermano el Beato Elías del Socorro Nieves la fortaleza para poder sellar con el martirio su vida consagrada a ti; concédenos, por su intercesión, dar testimonio con nuestra vida de la fe que profesamos. Por NSJ.”

 

BEATO FEDERICO DE RATISBONA

29 DE NOVIEMBRE

Nació en la Isla de S. Pedro, Yuriria (Guanajuato – México), el 21 de septiembre de 1882. Era hijo de Ramón y Rita, un matrimonio de modestos agricultores de profunda religiosidad.

De niño ya manifestó el deseo de ser sacerdote, pero a los doce años su padre era asesinado y tuvo que dejar los estudios para obtener algún dinero con el que contribuir al sustentamiento de la familia.

 

En 1904, no obstante su escasa preparación y a su edad adulta, consiguió ser admitido en el seminario agustiniano de Yuriria. Las dificultades por causa de los estudios iniciados, por quien a los veintiún años abandonaba las faenas del campo, fueron superadas con tesón y esfuerzo. En las provenientes de la carencia de recursos económicos y de su débil constitución física, nunca faltó quien le echara una mano. En reconocimiento a la ayuda de lo alto y movido de su filial devoción a María, al profesar en 1911 cambió el nombre de Mateo Elías por el de Elías del Socorro.

 

Ordenado sacerdote en 1916, ejerce su ministerio en diversas localidades del Bajío, hasta que en 1921 es nombrado vicario parroquial de La Cañada de Caracheo (Gto.), un poblado muy pobre en las estribaciones del “Culiacán”. En este centro, de escasos recursos económicos, desprovisto de servicios sanitarios y de escuela pública, no se limitó a la asistencia espiritual de su grey. Habiendo conocido el trabajo manual y la indigencia, no le pesaron ni las privaciones ni la pobreza, que compartió con ánimo generoso, jovial disponibilidad y confianza en la Providencia, infundiendo en ellos consuelo y esperanza cristiana, compartiendo sus anhelos y sufrimientos.

Fue precisamente durante estos años cuando nace el movimiento de los “cristeros”, que fue alcanzando formas de duro anticlericalismo. No había un poder central en la práctica, ni seguridad, ni esperanza en apelar a la justicia. Cualquiera podía hacerse con un arma y convertirse en “la ley”… Odio, rivalidad, lucha… y miedo en todos de que un día u otro un grupo de aquella gente pudiera llegar a cualquier pequeño rincón. A finales de 1926 se llegó a la efectiva persecución de la Iglesia, pues el gobierno había publicado una drástica disposición de impedir cualquier actividad religiosa que no estuviese controlada por la autoridad civil. Si bien las cosas seguían con normalidad, cabía la posibilidad de que cualquiera se amparase en ello para atentar contra la religión. Todos sabían el riesgo. El padre Nieves, que se mantuvo al margen de esta revolución armada, a pesar de su carácter tímido, se estableció por prudencia pero sin miedo en una cueva de un cerro cercano, asegurando así a sus fieles la asistencia religiosa, pues ellos no entendían la medida gubernativa. El 7 de marzo, un destacamento llega buscando unos ladrones; siendo ya tarde, deciden pernoctar en la iglesia parroquial, cosa que rebeló a la gente. Los soldados pidieron refuerzos… Esta clandestinidad, llevada adelante durante catorce meses, finaliza la mañana del 9 de marzo, cuando se tropezó con un destacamento de soldados, a los que llamó la atención que bajo el vestido blanco de campesino se entreviera el oscuro que empleaba en su ministerio pastoral nocturno. Interrogado, declaró su condición de sacerdote, siendo arrestado inmediatamente junto con un par de rancheros, los hermanos Sierra, que se ofrecieron a acompañarlo. Al amanecer del 10 de marzo de 1928, militares y prisioneros se pusieron en camino en dirección al pequeño centro urbano de Cortazar. En el primer alto, el capitán al frente del destacamento dio la orden de pasar por las armas a los dos hermanos, testigos incómodos, quienes después de confesarse murieron vitoreando a Cristo Rey. Ya próximos al poblado, el capitán se dirige al Padre diciéndole: “Ahora le toca a Vd. Vamos a ver si morir es como decir misa”. El Padre le respondió: “Es lo justo. Morir por la fe es un sacrificio agradable a Dios”. El P. Nieves pidió unos momentos para recogerse y prepararse al gran paso, que para él era como el ofertorio de una misa con Jesús. Él mismo rompió la tensión del momento, diciendo: “Estoy listo”. Mientras preparaban los fusiles, comenzó a recitar el credo y dijo con decisión: “Os quiero bendecir en señal de perdón”. Pero el capitán gritó: “Yo no quiero bendiciones. Me basta el fusil”. Y mientras el Padre tenía todavía la mano alzada para bendecir, le dispararon al corazón. Aún tuvo tiempo para gritar con claridad: “¡Viva Cristo Rey!”.

 

Enseguida la gente comenzó a venerarlo como a un santo mártir. La tierra manchada con su sangre ha sido conservada como reliquia; el lugar del fusilamiento fue de inmediato su santuario. Su sacrificio ha sido una ofrenda por la pacificación del pueblo

 

Sus restos descansan en la iglesia parroquial de La Cañada. Fue solemnemente beatificado por el Papa Juan Pablo II el 12 de octubre de 1997.

 

ORACIÓN: “Oh Dios, que concediste a nuestro hermano el Beato Elías del Socorro Nieves la fortaleza para poder sellar con el martirio su vida consagrada a ti; concédenos, por su intercesión, dar testimonio con nuestra vida de la fe que profesamos. Por NSJ.”

 

BEATO GONZALO DE LAGOS

14 DE OCTUBRE

Nació en Lagos (Algarve), al sur de Portugal hacia el 1360. Hijo de pescadores, y pescador él mismo, hasta el día en que visitando una iglesia agustiniana en Lisboa, sintió la llamada a la vida religiosa. En el 1380, vistió el hábito agustiniano. Se distinguió bien pronto por el amor al estudio. Gran teólogo, aunque, por espíritu de humildad, a pesar de su indudable capacidad, llegado el momento rehusó el título de maestro en teología.

 

Ordenado sacerdote, fue muy apreciado tanto como predicador como por su trabajo pastoral y labor con las almas. Buen orador, le encantaba dedicarse a enseñar la religión a los más humildes, y sobre todo gustaba enseñar el catecismo a los niños, a los obreros y a las personas ignorantes.

 

Prior de los más importantes conventos de la Provincia Portuguesa, como el de Lisboa y el de Santarem, no buscaba más que servir con amor a los hermanos en los trabajos más humildes, lo mismo hacía de portero, de enfermero que de cocinero. Mostró siempre un gran celo religioso. Fue ejemplar su espíritu de piedad, unido a un profundo sentido ascético. Excelente calígrafo,  miniaturista, escribió varios libros corales y compositor de cánticos sagrados.

En 1412, fue elegido Prior del convento de Torres Vedras, no muy lejos de Lisboa, donde permanece hasta el final de su vida. Allí continuó su incansable actividad en el campo religioso, social y pedagógico, aliviando el sufrimiento de los pobres, que sentían por él un gran afecto filial.

 

Murió el 15 de octubre de 1422 y fue sepultado en la iglesia conventual de Torres Vedras, llamada de Nuestra Señora de Gracia.

 

Ya venerado como santo en vida, su culto se divulgó nada más morir. Su recuerdo se mantiene todavía hoy muy vivo entre sus paisanos, -que le conocen como S. Gonzalo-,  lo invocan como protector de la gente del mar y patrono de la juventud.

 

Doy fe de ello. A primeros del mes de junio de 2000, un grupo de agustinos que concluíamos el período de “Formación Permanente”, visitábamos su ciudad natal. En su iglesia parroquial, en una hornacina, al fondo a la izquierda del templo, estaba su imagen. Al acercarme a observarla y rezar, una señora me abordó; se alegró de conocer a un agustino y me comentó que era “su santo”, y que un grupo de señoras “se turnaban” para cuidar de la iglesia y mantenerla abierta...

 

Sus reliquias se conservan en la iglesia ex-agustiniana de Nuestra Señora de Gracia. El Papa Pío V confirmó su culto en 1778.

 

ORACIÓN:

 

“Padre nuestro, que condujiste al beato Gonzalo a la gloria celestial por el camino de la humildad, ayúdanos a seguir, con espíritu humilde, su ejemplo de abierta entrega para con los demás. Por N.S.J.”. Amén.

 

BEATO GRACIA DE CÁTTARO

7 DE NOVIEMBRE

 

En el año 1423, Cáttaro se sometió espontáneamente al gobierno de Venecia, si bien manteniendo con orgullo una relativa independencia, ya que se reservaba el derecho de darse sus propias leyes y elegir sus magistrados. Como consecuencia de esta vinculación con la Serenísima, pronto se convirtió en un puerto vivaz y rico, poblado de numerosos comerciantes, marineros y pescadores. Inició así el período de esplendor que aún en la actualidad se manifiesta en su arquitectura de claro sabor veneciano.

 

Gracia era un hombre de mar y como tal permaneció hasta la edad de treinta años. En uno de sus viajes entró en una iglesia de Venecia, donde le conmovió tanto el sermón pronunciado por el agustino Simón de Camerino, que decidió entrar en su misma Orden. Así ingresó en la Orden de S. Agustín, a la edad de 30 años, como hermano no clérigo, en el convento de Monte Ortone, cercano a la ciudad de Padua. Este convento era la cuna de una de las nuevas congregaciones de la Orden formadas en Italia, distinguiéndose junto a las demás por su particular celo en el campo disciplinar. En 1435 fue reconocido por el prior general Gerardo de Rímini, que de momento lo incorporó a la provincia de las Marcas de Treviso, con la condición de no recibir más que hermanos firmemente decididos a mantener con fidelidad los ideales propios de la reforma.

Gracia, que trabajaba en el jardín, logró ganarse la estima y el reconocimiento de la comunidad entera. Al incorporarse dos conventos más al movimiento de Monte Ortone, éste quedó oficialmente erigido en congregación. Entre 1472 y 1474 es Simón de Camerino quien aparece como vicario en los registros generales. Unos años más tarde, Gracia fue trasladado a San Cristóbal de Venecia, y en esta ciudad murió el 8 de noviembre de 1508.

 

Fuera de los pocos datos hasta aquí referidos y del culto que se le siguió tributando tanto en la Orden como en su tierra de origen, no conocemos otras noticias de Gracia. Las biografías en lengua italiana de Lazzerini (1643) y la latina de Eliseo de Jesús y María (1677) carecen de fundamentos bien documentados. No obstante, los reiterados relatos acerca de su austeridad de vida y de la fuerza prodigiosa de su intercesión resultan testimonios válidos de una auténtica fama de santidad.

 

Se distinguió por su humildad, su laboriosidad, su espíritu de penitencia y su amor a la Eucaristía.

 

Desde 1810, los restos mortales del beato Gracia descansan en la iglesia de Mula, cerca de Kotor. León XIII confirmó su culto en 1889.

 

ORACIÓN: “Oh Dios, que hiciste insigne al beato Gracia por su vida de humildad, dedicación al trabajo y espíritu de penitencia; concédenos, por intercesión suya, seguir fielmente vuestra vocación, para difundir, con la vida y la palabra, la gloria de su nombre. Por N.S.J.”. Amén.

 

BEATO JUAN BUFULARI DE RIETI

2 DE AGOSTO

 

"Giovannino” – Juanito- nació en Castel Porchiano, junto a Amelia, en Umbría (Italia) hacia el 1318. Entró muy joven en la Orden Agustiniana, distinguiéndose por la sencillez e inocencia de vida y por el amor y entrega a los hermanos. Fue enviado a Rieti, donde permaneció hasta su temprana muerte en 1336 (¿).

El gran agustino, Jordán de Sajonia (+ 1380), en su obra, “Vidas de Hermanos”, nos da este testimonio sobre nuestro “Beato Juan de Rieti”:

 

“Había también un Hermano joven, en la ciudad de Rieti, con el nombre de Juan, sencillo, humilde y siempre de semblante alegre; era muy afable, y social, y nada distinto de los demás en el comer, y en el beber, y en otras cosas que pertenecen al trato común de los Hermanos; pero en lo interior era muy singular.

 

Manifestó mucho amor y caridad para con todos los Hermanos. Jamás salió palabra de su boca, ni se vio en él obra alguna que desdijese de la caridad fraterna.

 

Obsequioso con todos, lo fue principalmente con los enfermos, y con los huéspedes, a los cuales lavaba los pies, limpiaba los vestidos, y les cedía sus mismas cosas, mostrándoles con alegría toda la caridad de su inmenso corazón. Además, para él no había distinción entre sacerdote y sacerdote, sino que indistinta y espontáneamente, cuando le era posible, a todos, con suma diligencia, ayudaba de bonísimo grado a Misa y con mucha piedad.

 

Este Hermano acostumbraba ir solo a pasear por la huerta del convento, y al salir, se le vio derramar lágrimas. Mas preguntándole una ver por qué lloraba, respondió: “Porque veo que los árboles, las hierbas, las aves, y la tierra con sus frutos, obedecen a Dios; y los hombres, a los que, por la obediencia, está prometida la vida eterna, quebrantan los preceptos de su Creador. Por esto gimo y lloro”.

A este Hermano de feliz recuerdo, algunos días antes de su muerte, le venía un ruiseñor, todos los días, a la ventana de su celda, para cantarle dulcemente. Admirados de esto, los Hermanos preguntan al siervo de Dios qué sería eso; a lo que él respondió, medio sonriendo y como en bromas, que su esposa le invitaba al paraíso.

 

El día antes, mientras estaba ayudando a Misa, vio sobre el altar una luz celestial; y empezó ese mismo día a enfermar. Después, recibidos con gran devoción los Sacramentos, entregó su espíritu al que se lo había dado. Enseguida, y dentro del mismo año de su muerte, hizo Dios, por intercesión de este siervo suyo, cerca de ciento cincuenta milagros, muy gloriosos, como oí a algunos Hermanos de ese convento, cuando estuve en Rieti, ante el sepulcro del mismo santo Hermano”.

 

Murió en Rieti a los diecisiete años de edad, hacia el 1336. Sus restos reposan en la iglesia de san Agustín de Rieti. Gregorio XVI confirmó su culto en 1832..

 

ORACIÓN:

 

“Oh Dios, cuyo Hijo se nos dio como ejemplo de humildad y prometió a los limpios de corazón que verían a Dios: concédenos, a nosotros, siervos tuyos, que, por intercesión del beato Juan, te sirvamos fielmente con humildad y pureza de corazón. Por N.S.J.”. Amén.

 

BEATA ELENA VALENTINI DE ÚDINE

23 DE ABRIL

 

Nacida el año 1396 ó 1397 en Údine (Italia), en la familia de los Valentini, señores de Maniago. Adolescente de buenas cualidades y de edificante espíritu religioso. Muy joven, todavía, se unió en matrimonio hacia 1414 con el aristócrata Antonio Cavalcanti. Fueron padres de tres hijos y tres hijas. Muerto su marido en septiembre de 1441, a causa de una enfermedad contraída en Venecia, durante el desempeño de una embajada realizada por encargo de la ciudad de Údine. Esa circunstancia condujo a Elena a retirarse del mundo, para vivir al servicio del Señor. Habiendo escuchado la palabra vibrante del agustino Ángel de S. Severino, se hizo terciaria agustina. Se entregó a las obras de misericordia, con su actividad y sus propios bienes. Después de haber emitido la profesión, permaneció en la casa que había recibido de su esposo, y allí continuó hasta 1446, fecha en la que pasó a vivir con la hermana Perfecta, terciaria Agustina como ella, permaneciendo a su lado hasta el final de sus días.

Durante los casi dieciocho años como laica consagrada, llevó siempre una vida de penitencia y rigurosa mortificación, alimentándose normalmente sólo de pan y agua, durmiendo sobre un duro lecho de piedras, apenas cubierto con un poco de paja, flagelando continuamente  su cuerpo e, incluso, caminando con tres y tres minúsculas piedras dentro de los zapatos “en recuerdo de los bailes y danzas –como ella misma solía repetir- con que en el siglo había ofendido a mi Señor, y en memoria de los treinta y tres años que mi dulce Jesús por mi amor caminó por el mundo”.

En las distintas formas de penitencia a las que quiso someterse, siempre se inspiró en el doble motivo de la imitación de Cristo y el contraste con su anterior existencia mundana. No le faltaron profundas crisis de desaliento y cansancio, a las que supo reaccionar con gran fuerza de ánimo, retirada en la pequeña celda construida en su misma casa, y de la que salía solamente para ir a rezar y a meditar la Palabra de Dios en su querida iglesia agustiniana de santa Lucía, cuyo decoro favorecía mucho. Antes y después de la oración se dedicaba a la lectura.

 

Autorizada por el padre provincial de los agustinos, hizo el voto, en 1444, del absoluto silencio, interrumpido sólo con ocasión de la Navidad para entretenerse en breves y edificantes conversaciones con sus hijos y algunos familiares. Como supremo consuelo en su vida de completa renuncia y lucha, tuvo éxtasis y visiones celestes, gratificada, además, por Dios con el don de los milagros el conocimiento de cosas ocultas.

 

El Evangelio era su delicia. Amaba de corazón a la Orden y profesaba una obediencia ejemplar al Padre Provincial y a los demás Superiores. Se distinguió por un gran espíritu de penitencia, obediencia, humildad, la devoción a la pasión del Señor, amor a la Eucaristía y por la entrega al prójimo…

Soportó pacientemente una dolorosa enfermedad en los tres últimos años de su vida. Así a causa de la fractura de los dos fémures en 1455, pasó sus últimos años postrada en un humilde y duro lecho, en serena y paciente espera de la muerte, acaecida el 23 de abril de 1458.

 

Fue sepultada en el rincón de la iglesia de santa Lucía donde en vida solía abandonarse a la contemplación, oculta en el pequeño “oratorio” de madera que se había hecho construirpara librarse de la admiración y de la curiosidad de los fieles. Después de diversos traslados, los restos mortales de la beata encontraron en 1845 un lugar digno en la catedral de Údine, donde hoy se hallan expuestos a la veneración pública.

 

El culto de la beata fue confirmado en 1848 por el papa Pío IX.

 

ORACIÓN: “Padre, que ayudaste con tu gracia a la beata Elena a reconocer y venerar a Cristo en los pobres y en los que sufren en este mundo; oye sus plegarias por nosotros, para que humildemente sirvamos a nuestros hermanos necesitados con incansable amor. Por N.S.J.”. Amén.

 

 

 

 

 

 

 

 

BEATO GUILLERMO TIRRY

12 DE MAYO

 

Nació en la ciudad de Cork (Irlanda) en 1608, en el seno de una familia de comerciantes profundamente católica, de la que procedía un tío obispo con el mismo nombre.

Entró en la Orden de san Agustín, estudiando en Valladolid, París y Bruselas. Por obediencia a las decisiones de sus superiores, regresó a Irlanda algunos años antes del comienzo del levantamiento del Úlster (1641). En 1646 fue nombrado secretario del padre provincial O’Driscoli, y en 1649 prior del convento de Skreen. Tras la llegada de Cromwell, que le hizo imposible el ejercicio de este oficio, trabajó en Fethard (Tipperary) como preceptor, practicando ocultamente el ministerio sacerdotal.

 

Traicionado por cinco libras esterlinas, fue capturado mientras se encontraba revestido con los ornamentos sagrados en la mañana del sábado santo de 1654. A la vez le encontraron algunos escritos en defensa de la fe católica; encarcelado no renunció a la fe y a la obediencia al Papa. Inmediatamente fue conducido a la cárcel de Clonmel, y aunque se le ofreció la libertad a cambio de la adhesión a la doctrina de la reforma anglicana, todo fue inútil.

 

El tribunal lo acusó de traición en virtud de las normas proclamadas el 6 de enero de 1653 que prohibían a los sacerdotes la permanencia en el país. En su defensa respondió que en los asuntos temporales reconocía el gobierno, pero no en los espirituales, en que seguía lo que su conciencia le dictaba, acatando sólo las órdenes de sus superiores religiosos y del Papa. Después de alguna indecisión, el tribunal, presionado por los militares, lo declaró culpable, condenándolo a ser “colgado por el cuello hasta que le llegue la muerte”.

 

Para la ejecución, Tirry vistió el hábito agustiniano con el rosario. En el camino hacia la colina junto a Fethard en que debía llevarse a efecto la sentencia, con una cadena en las muñecas y una cuerda al cuello, exhortó a la multitud reunida a mantener su fe religiosa en la Iglesia y su fidelidad al Papa. Ya en el patíbulo, después de haber perdonado a quienes le habían vendido por unas esterlinas y haber rezado por ellos, pidió perdón de sus pecados, suplicando la absolución de algún sacerdote, si por casualidad se encontraba entre el gentío que asistía a la escena. Suponía que el padre O’Driscoll le estaba escuchando, como así era, mezclado con el público presente.

 

Murió ahorcado en 1654, el 2 de mayo según el calendario juliano, 12 del gregoriano seguido en la mayor parte de Europa.

 

Fue beatificado por Juan Pablo II el 27 de septiembre de 1992 junto a otros 16 mártires irlandeses sacrificados entre 1579 y 1654.

 

Su memoria litúrgica se celebra el 12 de mayo.

 

ORACIÓN:

 

“Oh Dios, que concediste a nuestro hermano el Beato Guillermo Tirry la fortaleza para poder sellar con el martirio su vida consagrada a ti; concédenos, por su intercesión, dar testimonio con nuestra vida de la fe que profesamos. Por NSJ.”

 

BEATO GUILLERMO DE TOLOSA

18 DE MAYO

 

El primer autor que escribió en Francia acerca de la vida y la devoción al beato Guillermo fue su conciudadano Nicolás Bertrán en el “De Tholosanorum gestis”, publicado en 1515, donde recogió las diversas tradiciones tolosanas que corrían de boca en boca, y con bastante probabilidad también alguna noticia proveniente de relaciones manuscritas.

Según esta fuente, Guillermo nació en Tolosa (Francia) en torno a 1297 en el seno de una familia noble y acomodada y, a la edad de diecinueve años, entró en el convento de los agustinos existente en su ciudad natal. Enviado a París para proseguir los estudios, obtuvo allí el grado de lector en teología. Apenas vuelto a su provincia de origen, se dedicó activamente a la predicación, logrando pronto gran fama como orador, director de conciencias, conocedor de corazones, e incansable promotor de la devoción a las almas del purgatorio.

 

Refiere la “Vita” que su actividad preferida, practicada como una especie de metodología espiritual, era la de “orar, contemplar y sólo después hablar de Dios”. La mejor definición de su vida sería la de que era un hombre de oración, lo mismo en casa que en los viajes. Era de modales muy delicados. Buen predicador, ganó a muchos para la vida religiosa. Amante de la pobreza, extremó su amor para con los pobres. Se entregó sin tregua a la mortificación. También se entretiene en describir y pormenorizar su celo religioso, la rigurosidad de sus ayunos y sus combates con el demonio, esto tanto personalmente como en calidad de exorcista. Obviamente, en conformidad con los gustos e incluso las exigencias del tiempo, se detiene en enumerar y a veces describir los numerosos milagros que le fueron atribuidos, realizados tanto en vida del siervo de Dios como, sobre todo, después de su muerte.

Excepto el breve período en que Guillermo fue prior del convento de Pamiers, es muy probable que la mayor parte de su vida, desde su regreso del estudio parisiense, se desenvolviese en el convento tolosano ubicado en el barrio de Saint-Étienne, el mismo donde por aquellas fechas, exactamente en 1341, con Guillermo de Cremona al frente de la Orden, fue celebrado el quincuagésimo octavo capítulo general.

 

Murió en Tolosa en olor de santidad en 1369. Siguiendo la costumbre, fue sepultado en el cementerio conventual, pero a los pocos días, en vista de la dificultad de acceso para los fieles y ante la insistencia de toda la población, conocedora de sus virtudes y agradecida por los favores recibidos de su intercesión, se hizo necesario trasladarlo al interior de la iglesia. Sus restos fueron colocados en la capilla de santa María Magdalena, en la que fray Guillermo acostumbraba celebrar la misa.

 

León XIII confirmó su culto en 1893. Su memoria litúrgica se celebra el 18 de mayo.

 

ORACIÓN:

 

“Oh Dios, que llamaste al Beato Guillermo al ministerio de la predicación del Evangelio, y le concediste el don de la oración y la caridad; concédenos de tal manera ser fieles en la oración y el amor, que vivamos el mensaje evangélico en toda su plenitud. Por NSJ.”

 

BEATA JOSEFA MARÍA  DE SANTA INÉS

23 DE ENERO

 

Nació en Benigánim  (Valencia), el 9 de enero de 1625, de familia modesta.

 

Muy joven, quedó huérfana de padre. Superadas algunas dificultades, ingresó como hermana lega en el monasterio de Agustinas Recoletas de Benigánim, el 25 de octubre de 1643. Pertenece este convento a la observancia descalza, fundada dentro de la Orden por el Arzobispo San Juan de Ribera, en la diócesis de Valencia, en 1597.

Su vida fue un portento de la gracia y una gracia de portentos. Sencilla, humilde, entregada afanosamente a los trabajos y servicios de la comunidad, era un espíritu de eminente contemplación. De mediocres cualidades intelectuales, es más, analfabeta, causaban admiración su don de consejo y su conocimientos teológicos. Sus éxtasis sorprendían a todos. Ante estos hechos, la promovieron a la categoría de hermana de coro el 18 de noviembre de 1663.

 

Murió el 21 de enero de 1696. Su nombre de bautismo fue Josefa Teresa. En la Orden se llamó Josefa María de Santa Inés. Ordinariamente se la llamaba Madre Inés.

 

Fue beatificada por León XIII, el 26 de febrero de 1888. Sus restos se conservan en el convento de Agustinas de Benigánim.

 

ORACIÓN:

 

“¡Oh, Dios mío! Que adornaste a la Beata Josefa María de Santa Inés de Benigánim con abundantes gracias, elevándola a la más encumbrada santidad, otorgando por su intercesión señalados favores del cielo; concédenos, ahora, por mediación de vuestra enamorada Sierva, la gracia que deseo alcanzar (....) a fin de que sea pronto glorificada y coronada con la diadema de los santos, para gloria de Dios y esplendor de nuestra Patria. Por N.S.J.”. Amén.

 

 

BEATO SIMÓN FIDATI DE CASIA

16 DE FEBRERO

 

Perteneciente a la familia Fidati, vio por primera vez la luz en Casia (Italia) hacia finales del siglo XIII, probablemente en torno al año 1290. Después de un breve interés por la literatura profana y, en particular, tras el conocimiento de la figura y doctrina del franciscano espiritual Ángel Clareno, vistió joven el hábito agustiniano.

 

Con gran ilusión se dedicó a las ciencias naturales f´ísicas y químicas pero aconsejado por una persona de bien, mudó de propósito y se dedicó a la ciencia de la gracia.

 

Durante toda su vida se consagró a la predicación, especialmente en tierra toscaza. Fue un gran predicador y unos de los mejores maestros de vida espiritual de su tiempo en Italia. Censor franco y denodado de pecadores habituales, su severidad se extendía también a cuantos buscaban su compañía o su amistad, a quienes a veces trataba con aspereza. A pesar de ello su palabra, llena de ardor y pasión, fascinaba siempre al auditorio.

 

Y no fue menos apreciado como escritor, quehacer al que dedicaba gran parte de las noches según testimonio de fray Juan de Salerno, que vivió a su lado cerca de diecisiete años. En la más popular de sus obras, la titulada “L’ordine della vita cristiana”, en los orígenes del italiano vulgar, hace una vigorosa llamada al seguimiento e imitación de Cristo, un ideal propuesto con amplitud en su obra maestra “De gestis Domini Salvatoris”.

 

A propósito de esta última obra se cuenta cómo en una ocasión, mientras proyectaba la conveniencia y el modo de redactarla, se le habría aparecido el Señor bajo las apariencias de un joven que le invitaba a beber el cáliz que llevaba en sus manos. Simón lo probó y “la dulzura de esta bebida le quedó grabada durante el resto de su existencia, haciendo que le pareciera insípido cualquier otro alimento; y a continuación comenzó a escribir la referida vida del Salvador”. Especial mención merece también su “Epistolario”, ya que es precisamente en sus cartas donde se documenta la actividad de Simón como director de espíritus, en contacto con personas de todo tipo y categoría social.

 

En su pensamiento, aparece cierta proximidad a las doctrinas de Clareno, pero, a diferencia de éste, supo evitar los extremismos. Es posible que Lucero conociese la obra de Fidati. No obstante, como es obvio, reflexiones sueltas o fragmentos de textos al margen de su contexto no autoriza en modo alguno a incluirlo entre los precursores del Reformador. Lo que resulta cierto es que lo mismo como predicador que como escritor influyó notablemente en la vida pública de su tiempo, a pesar de su vivir esquivo, con el continuo anhelo de la soledad, dedicado preferentemente a la oración y al estudio. En esta línea se explica su total rechazo a cualquier cargo de gobierno.

 

Promotor de la sencillez y abnegación evangélicas, procuró eludir cargos, títulos y prelaturas. Lleno de sinceridad, fue un desvelador de dobleces y reticencias. Amante de la soledad contemplativa, fue un incansable apóstol movido siempre por la obediencia. La obediencia ante todo, decía, siempre que no se oponga a la caridad. La obediencia de la Orden y la comunidad de sincero amor para con los hermanos le mantuvieron firme en su vocación en medio de muchas pruebas. Formar a Cristo en todos fue el motivo inspirador de su vida.

 

Víctima de “la gran peste” que asoló Europa, murió en Florencia el 2 de febrero de 1348. Sus restos, que no tardaron en ser trasladados al templo de san Agustín de Casia, y de allí, en 1810, a la iglesia de la beata Rita, hoy reposan en la basílica de la Santa. El culto, con el que el pueblo mantuvo viva su memoria, recibió la aprobación de Gregorio XVI en 1833.

 

ORACIÓN: “Dios, que diste a tu Iglesia en el beato Simón un ministro fiel para exponer la palabra evangélica y para reformar las costumbres, concede que, adhiriéndonos a su doctrina y ejemplo, merezcamos ser imitadores de su Hijo Jesucristo”. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

SAN ALIPIO Y SAN POSIDIO

16 DE MAYO

Sus nombres van íntimamente unidos al de San Agustín, como religiosos y como obispos. Son los mejores representantes de la herencia monástica del santo.

Las noticias sobre la vida de ALIPIO podemos hallarlas, casi totalmente, en las obras de su gran amigo san Agustín, con quien compartió los errores de la juventud, la conversión y las fatigas del apostolado.

Nació en Tagaste (hoy Souk Ahras, Argelia), de padres que formaban parte de la clase noble local. Pequeño de estatura, pero de

 

Animo fuerte y de carácter virtuoso, trabó una afectuosa e íntima amistad con Agustín, hasta el punto de que éste lo llama repetidamente “frater cordis mei”, hermano de mi corazón. Con él compartió los errores de juventud, la conversión, la vida religiosa y las fatigas del apostolado. San Agustín le describe como persona de índole religiosa, de gran honradez e imparcialidad por su amor a la justicia.

 

Algún año más joven que su amigo, frecuentó las escuelas de gramática de su tierra y las de retórica en Cartago; lo precedió en Roma, donde fue a estudiar derecho, y, más tarde, lo acompañó a Milán. En Roma fue consejero del “comes” distribuidor de las subvenciones a Italia, y dio muestras, poco frecuentes en estas circunstancias, de integridad y desinterés. Resistió enérgicamente a las pretensiones de un potente senador que intentó inducirlo a cometer irregularidades, mostrándose indiferente, con la admiración general, tanto ante las amenazas como ante las lisonjas: “Alma rara, escribe san Agustín, que no hizo caso de la amistad, ni temió el resentimiento de un hombre tan poderoso, célebre por los innumerables medios de que dispuso para hacer el bien o el mal”. La amistad con Agustín sirvió para retraerlo momentáneamente de la pasión por los juegos del circo, pero le arrastró el maniqueísmo.

Con el amigo, Alipio vivió la aventura del retorno a la fe. Casto de constumbres, le fue una gran ayuda en la lucha contra las pasiones y le desaconsejó unirse a una mujer para no renunciar a vivir libremente en el amor de la sabiduría. Estuvo presente en la crisis de la conversión y siguió su ejemplo. Se retiró con él a Casiciaco, donde participaba en las discusiones filosóficas y, junto con él, recibió el bautismo el 25 de abril del 387. Al año siguiente, Alipio volvió a África, y en Tagaste se retiró con los amigos a la vida cenobítica. En el 391 siguió a Agustín en el monasterio de Hipona. Poco después, viajó a oriente e hizo amistad con san Jerónimo. Fue estimado por san Paulino de Nola, quien admiró su santidad y su celo.

 

Elegido obispo de Tagaste, hacia el año 394, cuando Agustín era todavía sacerdote, a su lado, casi durante cuarenta años, brilla en la iglesia de África como reformador del clero, maestro de vida monástica (santa Melania, la joven, permaneció siete años en Tagaste bajo su dirección) y defensor de la fe contra donatistas y pelagianos.

En el 411 participó en la conferencia de Cartago, siendo uno de los siete obispos católicos que disputaron con los donatistas. Contra los pelagianos se empleó con tal fuerza, que los herejes le unieron a Agustín en el odio y a Jerónimo en el mérito. En el 416 participó en el concilio de Milevi (Numidia) y escribió sobre esta reunión al papa Inocencio.

 

Por motivo de la causa pelagiana viajó varias veces a Italia, llevando obras agustinianas al pontífice Bonifacio y al “Comes” Valerio. En el 428, desde Roma, le mandó al amigo una réplica de Juliano, e insistió para que le contestara. Son las últimas noticias que tenemos de él. Se supone que estuvo en Hipona durante la muerte de san Agustín y que murió en el mismo año de 430.

 

POSIDIO fue uno de los amigos íntimos de Agustín, y casi todo cuanto sabemos de él está en conexión con éste. Se formó cristianamente en el monasterio que Agustín había fundado al lado de la iglesia de Hipona, en torno al cual parecen comenzar sus relaciones con Agustín y Alipio. Allí vivió durante algunos años, hasta que, alrededor del 400, fue elegido obispo de Calama, ciudad de Numidia. Primer biógrafo de San Agustín, declara en su obra que vivió “con él en dulce familiaridad casi durante cuarenta años”.

 

Junto con Alipio, Evodio y algún otro obispo, fue uno de los lugartenientes más fiables y capaces de Agustín, participando a menudo a su lado en los acontecimientos que caracterizaron la controversia con los donatistas y luego con los pelagianos. Bastará recordar su presencia en los concilios antidonatistas de Cartago del 403 y 407, y, sobre todo, en la magna conferencia celebrada en el 411 en Cartago entre católicos y donatistas, donde en refuerzo de Agustín tuvo ocasión de intervenir repetidas veces, como uno de los seis obispos elegidos por los 266 obispos católicos para hablar en nombre de todos ellos, al igual que Alipio. Por estas actuaciones se hizo particularmente antipático a los donatistas, que, en una ocasión, lo sometieron a graves violencias. También por parte de los paganos corrió riesgos serios por litigios surgidos en Calama.

 

Tomó parte, igualmente, en los concilios antipelagianos de Milevi en el 416 y de Cartago en el 419, y en los años 409 y 410 fue encargado de misiones oficiales en Italia para defensa de la vid eclesial, ante el emperador Teodosio II.

Durante la invasión de los vándalos, en el 428, Calama fue devastada por los bárbaros y Posidio se refugió en Hipona, al lado de Agustín, que vivía entonces sus últimos momentos. Pudo tener así ocasión de asistir al tránsito de su maestro y amigo que, con conmovedora par

 

ticipación, describe en los últimos capítulos de su biografía.

Después del incendio de Hipona, Posidio pudo regresar a Calama, pero por poco tiempo. De hecho, en el 437 figura entre los que se opusieron a la orden de Genserico, que quería imponer la fe arriana en sus dominios y, en consecuencia, fue expulsado de su sede. A partir de este hecho carecemos de noticias suyas. Su muerte se suele situar en torno al 437.

 

Los Canónigos Regulares y la Orden celebran su fiesta unida a la de S. Alipio, el 16 de mayo; su culto fue confirmado, desde 1671, por Clemente X, con el breve “Alias a Congregatione”, del 19 de agosto de 1672.

 

ORACIÓN:

“Oh Dios, que hiciste a los obispos Alipio y Posidio, fraternalmente unidos a San Agustín, defensores de la verdad y propagadores de la vida común; concédenos, te lo pedimos, que de tal manera seamos libres en la verdad y esclavos en el amor, que permanezcamos fieles en tu servicio y en nuestra vocación. Por NSJ.”

SAN AGUSTÍN

28 DE AGOSTO

 

 

San Agustín es doctor de la Iglesia, y el más grande de los Padres de la Iglesia, escribió muchos libros de gran valor para la Iglesia y el mundo.

 

Nació el 13 de noviembre del año 354, en el norte de África. Su madre fue Santa Mónica. Su padre era un hombre pagano de carácter violento.

 

Santa Mónica había enseñado a su hijo a orar y lo había instruido en la fe. San Agustín cayó gravemente enfermo y pidió que le dieran el Bautismo, pero luego se curó y no se llegó a bautizar. A los estudios se entregó apasionadamente pero, poco a poco, se dejó arrastrar por una vida desordenada.

 

A los 17 años se unió a una mujer y con ella tuvo un hijo, al que llamaron Adeodato.

Estudió retórica y filosofía. Compartió la corriente del Maniqueísmo, la cual sostiene que el espíritu es el principio de todo bien y la materia, el principio de todo mal.

 

Diez años después, abandonó este pensamiento. En Milán, obtuvo la Cátedra de Retórica y fue muy bien recibido por San Ambrosio, el Obispo de la ciudad. Agustín, al comenzar a escuchar sus sermones, cambió la opinión que tenía acerca de la Iglesia, de la fe, y de la imagen de Dios.

 

Santa Mónica trataba de convertirle a través de la oración. Lo había seguido a Milán y quería que se casara con la madre de Adeodato, pero ella decidió regresar a África y dejar al niño con su padre.

Agustín estaba convencido de que la verdad estaba en la Iglesia, pero se resistía a convertirse.

 

Comprendía el valor de la castidad, pero se le hacía difícil practicarla, lo cual le dificultaba la total conversión al cristianismo. Él decía: “Lo haré pronto, poco a poco; dame más tiempo”. Pero ese “pronto” no llegaba nunca.

 

Un amigo de Agustín fue a visitarlo y le contó la vida de San Antonio, la cual le impresionó mucho. Él comprendía que era tiempo de avanzar por el camino correcto. Se decía “¿Hasta cuándo? ¿Hasta mañana? ¿Por qué no hoy?”. Mientras repetía esto, oyó la voz de un niño de la casa vecina que cantaba: “toma y lee, toma y lee”. En ese momento, le vino a la memoria que San Antonio se había convertido al escuchar la lectura de un pasaje del Evangelio. San Agustín interpretó las palabras del niño como una señal del Cielo. Dejó de llorar y se dirigió a donde estaba su amigo que tenía en sus manos el Evangelio. Decidieron convertirse y ambos fueron a contar a Santa Mónica lo sucedido, quien dio gracias a Dios. San Agustín tenía 33 años.

 

San Agustín se dedicó al estudio y a la oración. Hizo penitencia y se preparó para su Bautismo. Lo recibió junto con su amigo Alipio y con su hijo, Adeodato. Decía a Dios: “Demasiado tarde, demasiado tarde empecé a amarte”. Y, también: “Me llamaste a gritos y acabaste por vencer mi sordera”. Su hijo tenía quince años cuando recibió el Bautismo y murió un tiempo después. Él, por su parte, se hizo monje, buscando alcanzar el ideal de la perfección cristiana.

 

Deseoso de ser útil a la Iglesia, regresó a África. Ahí vivió casi tres años sirviendo a Dios con el ayuno, la oración y las buenas obras. Instruía a sus prójimos con sus discursos y escritos. En el año 391, fue ordenado sacerdote y comenzó a predicar. Cinco años más tarde, se le consagró Obispo de Hipona. Organizó la casa en la que vivía con una serie de reglas convirtiéndola en un monasterio en el que sólo se admitía en la Orden a los que aceptaban vivir bajo la Regla escrita por San Agustín. Esta Regla estaba basada en la sencillez de vida. Fundó también una rama femenina.

 

Fue muy caritativo, ayudó mucho a los pobres. Llegó a fundir los vasos sagrados para rescatar a los cautivos. Decía que había que vestir a los necesitados de cada parroquia. Durante los 34 años que fue Obispo defendió con celo y eficacia la fe católica contra las herejías. Escribió más de 60 obras muy importantes para la Iglesia como “Confesiones” y “Sobre la Ciudad de Dios”.

 

Los últimos años de la vida de San Agustín se vieron turbados por la guerra. El norte de África atravesó momentos difíciles, ya que los vándalos la invadieron destruyéndolo todo a su paso.

 

A los tres meses, San Agustín cayó enfermo de fiebre y comprendió que ya era el final de su vida. En esta época escribió: “Quien ama a Cristo, no puede tener miedo de encontrarse con Él”.

 

Murió a los 76 años, 40 de los cuales vivió consagrado al servicio de Dios.

 

Con él se lega a la posteridad el pensamiento filosófico-teológico más influyente de la historia.

Murió el año 430.

 

¿Qué nos enseña su vida?

 

A pesar de ser pecadores, Dios nos quiere y busca nuestra conversión.

Aunque tengamos pecados muy graves, Dios nos perdona si nos arrepentimos de corazón.

El ejemplo y la oración de una madre dejan fruto en la vida de un hijo.

Ante su conflicto entre los intereses mundanos y los de Dios, prefirió finalmente los de Dios.

Vivir en comunidad, hacer oración y penitencia, nos acerca siempre a Dios.

A lograr una conversión profunda en nuestras vidas.

A morir en la paz de Dios, con la alegría de encontrarnos pronto con Él.

SAN ALONSO DE OROZCO

19 DE SEPTIMBRE

Nació el 17/Octubre/1500, en Oropesa, donde su padre, Hernando de Orozco, era gobernador del castillo. Su infancia la compartió, también, con Talavera, donde fue monaguillo en “La Colegial”, y a punto estuvo de ahogarse en el Tajo, si un joven “providencial” no se hubiera tirado a salvarle; y con Toledo, donde fue “seise” en la catedral, y donde aprendió los primeros “acordes” musicales, que tanto le servirían en su vida futura.

 

           ¿Su nombre? Según él mismo cuenta en su libro de las “Confesiones” (con el que trató de imitar a su maestro y fundador, S. Agustín), comenta que su madre, María de Mena, le contó que, “estando en período de su gestación”, tuvo una manifestación de La Virgen para que eligiera este nombre, en honor a S. Ildefonso de Toledo y para que, a imitación suya, fuera  su“capellán”.

 

           Su juventud la pasa en Salamanca, ciudad a la que había acudido, siguiendo los pasos de su hermano, Francisco, para estudiar “leyes”. Allí queda “atraído” por los agustinos. En su convento de S. Agustín, brilla con todo esplendor su espiritualidad, sin duda, por la fuerza y santidad de sus moradores recientes o de los que encontró a su llegada: S. Juan de Sahún; Sto. Tomás de Villanueva, prior y ante quien hizo su primera profesión de votos; el venerable Luis de Montoya, su maestro de novicios y reformador de la Orden en Portugal, y paisano de Fray Luis de León,  que con el tiempo también ingresaría en él, y su connovicio, Fray Agustín de Coruña, decidido defensor de los indios en América.

 

           Pasado su período de formación y ordenado sacerdote, no tardó en ocupar puestos de responsabilidad, siendo prior de varios conventos: Medina, Soria, Sevilla, Granada, vuelta a Sevilla y Valladolid. Es aquí, donde la hija de Carlos V, Dñª. Juana le elige como predicador, cargo que ratificará su padre y después Felipe II, llevándole a Madrid, 1561, cuando el cambio de la capitalidad. Entretanto, había tenido ya una “revelación” de la Virgen, en Sevilla: “¡escribe!”; e intentado embarcarse en la primera expedición de misioneros agustinos para América, a donde iba iba bien dispuesto con su “cruz”, una gota artrítica “providencial”, le devuelve a la península desde Canarias.

 Su presencia en Madrid, le convierte en un “fenómeno social”: los miembros de la familia real, los nobles y el pueblo llano le comienza a llamar “El santo de S. Felipe”, el convento agustino en el que pasó la mayor parte de su tiempo. (En la c/ Mayor, 1, junto a la Puerta del Sol, aún se pueden ver algunas columnas, dentro de un salón de juegos, y una placa que lo recuerda).

 

           En Madrid, explotó toda “su santidad”. Su dimensión apostólica, de predicador, visitador de enfermos y presos, y de confesor con especiales dones para leer el corazón; su actitud caritativa, atendiendo también con singular dulzura y con parte de sus “gajes” reales a los pobres que reclamaban su ayuda; su faceta carismática de fundador de conventos (de agustinas: Magdalena y Sta. Isabel en Madrid y S. Ildefonso en Talavera de la Reina; de agustinos:

S. Agustín en Talavera, y el convento-colegio de Dª. María de Aragón, actual senado); de escritor ascético-místico que, con sencillez y con decisión se adelanta y adentra en la introducción de nuestra lengua, para orientar a nobles y a todo cristiano (Vergel de oración y Monte de contemplación, Desposorio espiritual, Arte de amar a Dios y al prójimo, De la corona de Nuestra Señora... y sus Confesiones); sus dones taumatúrgicos (resurrección de una niña, que después entraría -condición pedida a sus padres- de religiosa en su convento de Talavera; y toda clase de curaciones (para lo cual leía los evangelios y echaba su bendición), embarazos y buenos partos, con el uso “prodigioso” de su correa; predicciones de sucesos que se referían a las personas que le habían orara por ellas...); de religioso ejemplar, que buscaba siempre la habitación más humilde y para estar cerca de los pobres que llamaban a las puertas del convento, y su siempre fiel presencia en el coro para orar; su amor por María, marcado ya desde el ofrecimiento de su madre, que se traducía en sus oraciones, predicaciones, composiciones musicales para ella, que los sábados se podían oír mientras las interpretaba en el coro al compás del clavicordio, y esa fidelidad a su mandato: “¡escribe!”...

Tampoco, su deseo de retirarse a un convento de oración y contemplación en El Risco (Ávila), alejado de la corte, encontró el beneplácito de Felipe II, que no quería prescindir de sus consejos y testimonio vivo junto a él y en la corte.

 

           Sin duda, las misiones y la soledad orante perdieron a un “candidato” extraordinario, pero Madrid y todas sus gentes ganaron a un “santo” de carne y hueso.

 

           Es clásica, en su iconografía, su imagen con la cruz (la del misionero, que no abandonaría de su lado, y por su amor a la pasión de NSJ.), y con el libro de escritor.

 

           Una peregrinación espiritual: nos podría llevar, en primer lugar, a Roma, para su canonización; pero también, al convento de las MM. Agustinas (c/ La Granja, 1), donde se conservan sus restos, y su “famosa” correa y sandalias; a su pueblo de Oropesa, donde se conserva su casa y la pila bautismal y una reliquia en la parroquia; a la parroquia en Talavera que lleva su nombre, erigida por D. Marcelo, Cardenal emérito, como homenaje con ocasión del “IV Centenario de su muerte”, en 1991, donde también se conserva una reliquia suya; a los conventos femeninos que él fundara, y que mantienen vivo su espíritu; a los de los agustinos, hoy transformados en “museo” el de Talavera y en Senado, el de Madrid...

Cuando murió, el 19 de Septiembre de 1591 (el día de su fiesta litúrgica), todo el pueblo de Madrid, se volcó en acudir a “venerar” sus restos que, ya desde aquellos mismos momentos, produjeron todo tipo de “signos” prodigiosos, como atestiguaron unos pocos años después los testigos que acudieron al iniciarse el primer proceso para su santificación...

 

           El primer año de su celebración solemne en nuestra parroquia, como patrono nuestro, presenté a todos la “idea” de solicitar a D. Marcelo que hiciera las oportunas diligencias para pedir  a la Conferencia Episcopal el considerar su fiesta, al menos, como “memoria libre” para nuestra Diócesis de Toledo. No tardó en conseguirlo. Ahora, ya, toda la Iglesia lo tiene en su “calendario” universal y podrá celebrarlo...

Los actos “penúltimos” de su celebración, se remontan al Congreso, preparado por “la Comisión”, creada para el mismo, que se iniciaron con la celebración solemne en la Almudena,  con ocasión de la primera celebración de su Fiesta litúrgica como Santo, presidida por el Sr. Cardenal de Madrid, D. Antonio Mª Rouco, acompañado de dos obispos, y concelebrada por muchísimos agustinos, a la cabeza de los cuales estaba el P. General, Robert Prevost, y los distintos provinciales OSA y OAR; y que quedó inmortalizado con la donación por FAE. de un cuadro, situado junto a la puerta de la sacristía: su figura queda enmarcada en el centro, rodeado de dos grupos, pobres y nobleza, y por la zona superior aparecen la Virgen a un lado y ángeles al otro, y una silueta del Senado. Al día siguiente se inauguró el Congreso “en su honor”, que concluiría en Oropesa, el domingo 22... Por otro lado, es oportuno informar también de que ha aparecido ya el primer volumen de sus obras completas en la BAC Mayor

 

En su pueblo, siempre se le llamó el “Santo Orozco”, aunque su beatificación tardara en llegar (15/I/1882, con León XIII; y Juan Pablo II aprobó el decreto de su canonización  el 24/V/2001); pero su nombre “el beato” siempre hizo fortuna, muy especialmente en su parroquia... ¡Por fin, llegó el gran día de su Canonización!

 

           Pentecostés, fiesta de la Iglesia y del Espíritu Santo, del apostolado y de la santidad, lo proclamó a los cuatro vientos, desde Roma... ¡Es nuestro ÚLTIMO Santo, pero sólo en ser canonizado, que merece la pena descubrirlo y conocerlo!

 

¡S. Alonso de Orozco, ruega por nosotros!

SAN ANSELMO POLANCO

17 DE FEBRERO

 

El P. “Polanco”, Anselmo, nació en Buenavista de Valdavia (Palencia) en 1881, en una familia humilde de labradores.

 

A los 15 años, entró en el convento de “los Filipinos” de Valladolid de la Orden de S. Agustín, donde hizo su primera profesión en 1897. Después pasó al Monasterio de Santa María de La Vid (Burgos), donde completó sus estudios y se ordenó sacerdote en 1904. Fue profesor y encargado de la formación de los jóvenes en esta misma comunidad. Dentro de la Orden fue siempre modelo de religiosos y ocupó varios cargos, entre otros el de Prior en Valladolid en 1922, y Provincial en el 1932. En este período, hace una visita de renovación a los religiosos de Filipinas, China, Estados Unidos, Colombia y Perú. Buscó siempre el espíritu de concordia sin renunciar a la disciplina.

 

En 1935, fue nombrado y ordenado Obispo de Teruel y Administrador Apostólico de Albarracín. Al tomar posesión dijo: “He venido a dar la vida por mis ovejas”. En el gobierno de la Diócesis brilló por su celo pastoral, por la pureza y santidad de costumbres, por su amor a los pobres, por su intensa vida de oración y austeridad, privándose de lo necesario para dárselo a los más necesitados.

 

Durante la guerra civil española, cuando el peligro se cernía sobre su diócesis y su propia vida se veía amenazada, nunca quiso separarse de sus fieles, contestando siempre lo mismo: “Yo soy el pastor y debo permanecer al lado de mis ovejas; o me salvo con ellas, o con ellas muero”. Para todos siempre fue el “P. Polanco”, y no sólo por el hecho de ser religioso, sino porque para la gente era un auténtico padre y un buen pastor.

 

El 8 de enero de 1938, cuando la ciudad fue tomada por el ejército republicano, se presentó vestido de hábito agustiniano y con los signos episcopales de la cruz pectoral y el anillo. En las cárceles, tuvo fuertes presiones para que retirase la firma de la “Carta Conjunta” del Episcopado Español, en la cual se denunciaba, ante la opinión pública internacional, la persecución religiosa contra la Iglesia. Sabía bien que la firmeza, en aquel momento, comportaba un gran riesgo de muerte: aceptó el peligro por fidelidad a la comunión eclesial con su hermanos en el episcopado.

Los sufrimientos de trece meses de cautiverio en las cárceles de Valencia y Barcelona, que soportó con paciencia, mientras animaba a los prisioneros y vivía con una intensa vida espiritual, de piedad y  meditación, fueron coronados por el martirio en Pont de Molins (Gerona). Fue fusilado, junto a su fiel Vicario General, Felipe Ripoll, el 7 de Febrero de 1939, día en que la iglesia celebra su memoria litúrgica, cumpliendo al pie de la letra el lema de su escudo episcopal: “Me sacrificaré y me consumiré por vuestras almas”.

 

Sus restos mortales descansan en la Catedral de Teruel, a donde acuden devotos de muchos lugares...

 

Fue Beatificado por el Papa Juan Pablo II, el 1 de Octubre de 1995.

 

 

ORACIÓN:

 

           “Dios todopoderoso y eterno, que concediste a tu mártir, Anselmo Polanco, la gracia de morir por Cristo: ayúdanos en nuestra debilidad para que, así como él no dudó en morir por Ti, así también nosotros nos mantengamos fuertes en la confesión de tu nombre. Por N.S.J.”. Amén.

SAN ESTEBAN BELLISINI

3 DE FEBRERO

 

A los dieciocho años viste el hábito agustiniano en el convento de S. Marcos. Poco después hace el noviciado en Bolonia, de donde es trasladado a Roma y de nuevo a Bolonia para el estudio de la filosofía y de la teología. Emitió sus votos religiosos en la Orden Agustiniana el 31 de mayo de 1794. Obligado por las tropas napoleónicas a abandonar los Estados pontificios, regresa a su ciudad de origen, en la que es ordenado sacerdote en 1797, viviendo en el convento de S. Marcos hasta su supresión en 1809.

Vivió tiempos difíciles. Suprimidas por el gobierno las casas religiosas en su región, vuelve al seno familiar, donde se dedica intensamente a la actividad docente para cuidar de la formación Cultural y Cristiana de la juventud, en un ambiente adverso a la religión, abriendo en la propia casa una escuela gratuita. Conquista en breve tiempo la estima y la confianza de la población, e incluso de la misma autoridad civil, que lo nombra inspector general de las escuelas de todo el territorio trentino. Si al inicio sus alumnos no llegaban al centenar, ahora son miles los que de alguna manera dependen de él.

Sin embargo, el P. Esteban desea mantenerse fiel su profesión religiosa. Ante la imposibilidad de realizar este deseo en Trento, ya que el gobierno no permite volver a abrir el convento, en 1817 abandona la docencia, y, burlando la vigilancia, se refugia en Bolonia, bajo dominio pontificio, donde ya se había restablecido la vida comunitaria. A las autoridades civiles de Trento, que le conminan a volver para continuar en su puesto, responde claramente que el vínculo que le une a Dios por los votos “y a mi amadísima Madre, que es la Religión que yo he profesado solemnemente”, es mucho más fuerte que cualquier otro. Aún más: “Esta invitación no me sería hecha ciertamente por vd., si conociera la fuerza de los vínculos sagrados de los religiosos unidos a Dios y al Rey de los reyes, a quien juré fidelidad perpetua ante el altar con los más sagrados votos”.

Llamado a Roma por el P. General de la Orden, durante algunos años desempeña, de forma excelente, el cargo de maestro de novicios. En 1826 es enviado a Genazzano, donde dedica los últimos años de su vida al ministerio parroquial, atendiendo con solicitud a los pobres y a los niños, su ya viejo pero aún gran amor.

 

Muere el 2 de febrero de 1840, víctima de la peste contraída asistiendo a sus parroquianos. Los restos del P. Esteban reposan en el Santuario de la Virgen del Buen Consejo de Genazzano.

Fue proclamado beato por S. Pío X el 27 de diciembre de 1904. Entre la muchedumbre que asistió a la ceremonia, “se encontraban muchos alumnos suyos, ya señores ancianos, cuya vida había transcurrido serena gracias a su buen maestro. Y los genazaneses eran los mismos que de chiquillos le tiraban del hábito y de la correa, o le ponían la zancadilla” (D. Riccardi).

 

ORACIÓN: “Oh Dios, que en el beato Esteban nos has dado un admirable ejemplo de apóstol enteramente consagrado a la educación de la juventud y a propagar el amor filial a la Virgen María; haz que, imitando su celo, nos dediquemos de todo corazón al servicio de su Iglesia. Por N.S.J.”. Amén.

 

SAN EZEQUIEL MORENO

19  DE AGOSTO

 

Nació el 9 de abril de 1848 en Alfaro, Rioja España. En el seno de una humilde familia y con gran devoción católica, sus padres fueron Félix Moreno y Josefa Díaz.

Desde muy niño descubrió su vocación a la vida religiosa y el 21 de septiembre de 1884 ingresó como religioso en el convento español de los agustinos recoletos en Monteagudo, Navarra. Al año siguiente hizo su profesión religiosa en el teologado de Marcilla.

 

En 1870 viajó a Manila, Filipinas, donde se desempeñó como misionero. Al año siguiente fue ordenado sacerdote y destinado a Mindoro donde continuó sus actividades misioneras. Poco tiempo después se enfermó de paludismo y regresó a Manila.

 

Más tarde fue nombrado superior del convento de Monteagudo y vuelve a España para dedicarse a la formación de los futuros religiosos misioneros.

 

En 1888 viajó a Colombia al mando de un grupo de misioneros agustinos recoletos emprende. En este país empezó a reactivar las misiones y en 1893 fue nombrado obispo titular de Pinara y vicario apostólico de Casanare, en 1895 fue nombrado Obispo de Pasto.

 

San Ezequiel desempeñó su nueva misión con la eficacia y generosidad que lo caracterizaban pero tuvo que superar numerosos obstáculos.

En 1905 se le diagnosticó cáncer y ante las reiteradas súplicas de los fieles y de los religiosos de su Orden, al año siguiente volvió a España para operarse. La operación no tuvo éxito y San Ezequiel, firme en su fe, se retiró al convento de Monteagudo, España, donde murió el 19 de agosto de 1906.

 

Su fama de santidad creció rápidamente, sobre todo en Colombia. Fue beatificado por el Papa Pablo VI en 1975 y el 11 de octubre de 1992 fue canonizado por el Papa Juan Pablo II.

 

San Ezequiel Moreno es considerado como el especial intercesor ante Dios por los enfermos del cáncer y uno de los más grandes apóstoles de la Evangelización de América.

 

ORACIÓN:

 

“Oh Dios, que nos ofreces en San Ezequiel un modelo de fidelidad al Evangelio y de pastor según el Corazón de tu Hijo; concédenos, por su intercesión, que, viviendo con alegría nuestro testimonio cristiano, estemos plenamente dirigidos a Ti y consagrados al servicio de tu Iglesia. Por JNS.

 

SAN JUAN DE SAHAGÚN

3 DE ENERO

 

Juan nació en Sahagún (León), hacia 1430, de familia distinguida. Sus padres no tenían hijos y dispusieron hacer una novena de ayunos, oraciones y limosnas en honor de la Santísima Virgen y obtuvieron el nacimiento de este que iba a ser su honor y alegría. Siendo muy joven, y antes de ser sacerdote, su padre le procuró un beneficio eclesiástico con cura de almas, con miras solamente económicas. Juan lo rechazó, con gran dolor de su familia, porque tales especulaciones las creía contrarias a los intereses de Dios.

Dados sus ideales, fue puesto al servicio del bondadoso Obispo de Burgos, Alfonso de Cartagena, quien le ordenó de sacerdote. Había sido educado con los monjes benedictinos, demostrando muy buena inclinación hacia el sacerdocio, por lo que el señor obispo lo hizo seguir los estudios sacerdotales y después de ordenado sacerdote lo nombró secretario y canónigo de la catedral. No le satisfizo tampoco la vida curial, ni le retuvo en Burgos una promesa de una canongia, un beneficio eclesiástico. Estos cargos honoríficos no le agradaban, y pidió entonces ser nombrado para una pobre parroquia de arrabal.

 

Pero a los 33 años, Juan entró en crisis. No se sentía a gusto en la viña del Señor sin trabajar en ella. Con ansias de una mayor entrega a Dios, pasó a Salamanca, donde al mismo tiempo que continuaba sus estudios, se dedicó intensamente a la predicación. Después de varios años de sacerdocio, sintió el deseo de especializarse en teología y se matriculó como un estudiante ordinario en la Universidad de Salamanca. Allí estuvo cuatro años hasta completar todos sus estudios teológicos. Al principio era bastante desconocido pero un día fue invitado a hacer el sermón en honor de San Sebastián, patrono de uno de los colegios, y su predicación agradó tanto que empezó a ser muy popular entre la gente de la ciudad.

Fue así como, al morir el obispo, cambió el rumbo de su vida. Deseando realizar mejor su ideal de perfección, ingresó en la Orden Agustiniana, el 18 de junio de 1463, emitiendo sus votos el 28 de agosto de 1464. Y sucedió que le sobrevino una gravísima enfermedad con serio peligro de muerte y no había más remedio que hacerle una difícil operación quirúrgica (y con los métodos tan primarios de ese tiempo). Fue entonces cuando prometió a Dios que si le devolvía la salud mejoraría totalmente sus comportamientos y entraría de religioso. Dios le concedió la salud y Juan entró de religioso agustino.

En el noviciado lo pusieron a lavar platos y barrer corredores y desyerbar campos, y siendo todo un doctor, lo hacía todo con gran humildad y total esmero. Después lo pusieron a servir el vino a la comunidad, y todavía se conserva la vasija con la cual hizo el milagro de que con un poco de vino sirvió a muchos comensales y le sobró vino. En cumplimiento de sus deberes, en penitencias, en obediencia y en humildad, no le ganaba ninguno de los otros religiosos.

 

El convento de los padres Agustinos en Salamanca tenía fama de gran santidad, pero desde que Juan de Sahagún llegó allí, esa buena fama creció enormemente. Era un predicador muy elocuente y sus sermones empezaron a transformar a las gentes. En la ciudad había dos partidos que se atacaban sin misericordia y el santo trabajó incansablemente hasta que logró que los cabecillas de los partidos se amistaran y firmaran un pacto de paz, y se acabaron la violencia y los insultos.

Los biógrafos dicen que Fray Juan era un hombre de una gran amabilidad con todos, devotísimo del Santísimo Sacramento y muy amigo de dedicar largos ratos a la oración. Las gentes cuando lo veían rezar decían: "parece un ángel". El estudio que más le agradaba era el de la Sagrada Biblia, para lograr comprender y amar más la palabra de Dios. A veces gastaba todo el día visitando enfermos, tratando de poner paz en familias desunidas y ayudando a gentes pobres y hasta se olvidaba de ir a comer.

 

Algunos lo criticaban porque en la confesión era muy rígido con los que no querían enmendarse y se confesaban sólo para comulgar, sin tener propósito de volverse mejores. Pero su rigidez transformó a muchos que estaban como adormilados en sus vicios y malas costumbres. Confesarse con él era empezar a enmendarse.

Otro defecto que le criticaban sus superiores era que tardaba mucho tiempo en celebrar la Santa Misa. Pero para ello había una explicación: y es que nuestro santo veía a Jesucristo en la Sagrada Eucaristía y al verlo se quedaba como en éxtasis y ya no era capaz por mucho rato de proseguir la celebración. Pero las gentes gustaban de asistir a sus misas porque les parecían más fervorosas que las de otros sacerdotes.

 

San Juan de Sahagún predicaba muy fuerte contra los ricos que explotan a los pobres. Y una vez un rico, amargado por estas predicaciones, pagó a dos delincuentes para que atalayaran al santo y le dieran una paliza. Pero cuando llegaron junto a él sintieron tan grande terror que no fueron capaces de mover las manos. Luego confesaron muy arrepentidos que los había invadido un temor reverencial y que no habían sido capaces de golpearlo.

 

Lleno de humildad y sinceridad, fue un infatigable predicador. Se dedicó de lleno al apostolado, con la predicación al pueblo sencillo, la promoción de la paz y de la convivencia social, siempre en defensa de los oprimidos y de sus derechos conculcados, como defensor de los derechos de los humildes y trabajadores.

 

“Si me preguntase acerca del comportamiento de fray Juan en relación con los pobres y afligidos, con viudas y niños explotados, con los necesitados y los enfermos, deberé responder que ya de naturaleza se mostraba habitualmente impelido a ayudar a todos con palabras o con limosnas. Y puso particular interés en conducir a todos a la paz y a la concordia después de haber apagado enemistades y desavenencias. Viviendo en Salamanca, encontrándose la entera ciudad dividida en bandos a causa de divergencias civiles, consiguió evitar muchas luchas sangrientas” según un testimonio de uno de sus contemporáneos.

 

“¡Padre, no has sabido frenar tu lengua!”... “Señor Duque, dígame para qué he subido al púlpito, ¿para anunciar la verdad a cuantos me escuchan o para adularlos vergonzosamente?”. Este tenso diálogo tuvo lugar entre el indignado duque de Alba, presente en la función religiosa, y el agustino fray Juan de Sahagún, que había pronunciado el sermón.

 

Aquel día el padre Juan, aprovechó la presencia en la iglesia de muchos nombres de la ciudad y de las autoridades civiles para denunciar el mal gobierno de la administración y las injusticias perpetradas por los poderosos con daño a las personas más débiles, los latrocinios más o menos encubiertos, los fomentadores de banderías, y la opresión a los súbditos. En Salamanca, Juan se había convertido en punto de referencia segura para todos. El público se sentía atraído por el predicador “amable”, pero la vez valiente y justo.

 

En un pueblo habló muy fuerte contra los terratenientes que no pagaban lo debido a los campesinos y desde entonces aquellos ricachones no le permitieron volver a predicar en ese pueblo.

 

Sus preferidos eran los huérfanos, los enfermos, los más pobres y los ancianos. Para ellos recogía limosnas y buscaba albergues o asilos. A las muchachas en peligro les conseguía familias dignas que les dieran sanas ocupaciones y las protegieran.

 

Debido a sus reiteradas tentativas a favor de la pacificación, en 1476 los nobles de Salamanca firmaron un solemne pacto de perpetua concordia. La fuerza y el valor en sus actuaciones lo sacaba de la eucaristía, que celebraba diariamente con extraordinaria devoción.

 

Hizo frecuentes milagros, y obtuvo con sus oraciones que a Salamanca la librara Dios, durante la vida del santo, de la peste del tifo negro, que azotaba a otras regiones cercanas. Un joven se cayó a un hondo pozo. Fray Juan le alargó su correa y, sin saber cómo, salió el joven desde el abismo, prendido de la tal correa. La gente se puso a gritar "¡Milagro! ¡Milagro!", pero él se escondió para no recibir felicitaciones.

 

Salamanca sufría un terrible verano. Él les anunció que con su muerte llegarían lluvias abundantes. Y así sucedió: apenas murió, enseguida llegaron muy copiosas y provechosas lluvias.

 

Y sucedió que un hombre, que tenía una amistad de adulterio con una mala mujer, al escuchar los sermones de Fray Juan, se apartó totalmente de tan dañosa amistad. Entonces aquella pérfida y malvada exclamó: "Ya verá el tal predicador que no termina con vida este año". Y mandó echar un veneno en un alimento que el santo iba a tomar. Desde entonces Fray Juan empezó a enflaquecerse y a secarse, y en aquel mismo año de 1479, el santo predicador murió de sólo 49 años.

 

Fue devotísimo de la Eucaristía. Murió en Salamanca, el 11 de junio de 1479. El proceso acerca de su vida y virtudes se concluyó con la beatificación, en 1601, y con la canonización, que tuvo lugar en 1690. Las reliquias del santo se conservan en la catedral nueva de Salamanca, ciudad llena de lugares cuyos nombres recuerdan los portentos obrados por el santo en vida y después de muerto. A su muerte, dejaba la ciudad de Salamanca completamente transformada, y la vida espiritual de sus oyentes renovada de manera admirable.

 

La Provincia Agustiniana del Stmo. Nombre de Jesús de España le tiene como patrono.

 

¡Que Dios nos mande muchos valientes predicadores como San Juan de Sahagún!

 

Dijo Jesús: “El que pierda su vida por mí en este mundo, la salvará para la vida eterna” (Jn. 12, 25).

 

ORACIÓN:

 

“Oh Dios, autor de la paz y fuente de la caridad, que diste a San Juan de Sahún la gracia maravillosa de pacificar los ánimos en discordia; haz que nosotros, a imitación suya, permanezcamos firmes en tu caridad y por ningún motivo nos separemos jamás de tu amor. Por NSJ.”

 

 

 

 

 

SAN JUAN STONE

25 DE OCTUBRE

 

El 3 de noviembre de 1534, el parlamento inglés declaraba que el rey era la cabeza suprema de la iglesia en Inglaterra. Resultaba así oficializado, ejecutado y obligatorio para todos los súbditos de la corona el cisma entre la Iglesia anglicana y la católica.

 

A los religiosos no les quedaba otra alternativa que la de elegir una de estas tres posibilidades: jurar fidelidad al rey y abandonar la vida religiosa, refugiarse en el extranjero, o afrontar la cárcel, con gran probabilidad también la muerte. El padre Juan Stone, del convento agustiniano de Canterbury, tomó la decisión más coherente con su fe cuando el 14 de diciembre de 1538 un agente regio se presentó a la puerta del convento con la orden de cerrar la casa religiosa y hacer firmar a los miembros de la comunidad el prescrito juramento de fidelidad. Muchos se sometieron por temor. El padre John, no. Él rechazó reconocer a Enrique VIII como cabeza de la Iglesia inglesa, afirmando firmemente que el rey “no podía ser la cabeza de la Iglesia en Inglaterra, debiendo serlo un padre espiritual nombrado por Dios”, es decir, el Papa.

 

Encarcelado inmediatamente, compareció ante el primer ministro, Thomas Cromwell. Se intentó persuadirlo para que diera su asentimiento a la nueva normativa, pero nada ni nadie consiguió convencerlo. Es más, durante los doce meses de prisión que siguieron a su captura, por su espontánea voluntad, quiso añadir ulteriores penitencias a los ya numerosos sufrimientos que le eran infligidos para así tener la fuerza de permanecer fiel a Cristo en el momento del testimonio supremo. La sentencia con la que se cerró el proceso era perentoria: el“papista” quedaba condenado a sufrir la pena capital.

 

El 27 de diciembre de 1539, una procesión lenta y lúgubre se movió por las calles de Canterbury. El padre John, atado sobre un enrejado movido por un caballo, fue conducido a través de la ciudad hasta una colina fuera de las murallas, y allí fue ahorcado. A continuación, siguiendo la inhumana costumbre del tiempo, fue despedazado y sus restos cocidos en una caldera.

 

En el libro contable del camarlengo de Canterbury aparece la lista de los gastos a cargo de la caja común efectuados para pagar la madera utilizada en la construcción del patíbulo y la adquisición de la cuerda: “Pagado por media tonelada de madera para una horca en la cual ajusticiar al fraile Stone: 2s 6d.”.

 

Fue beatificado por León XIII en 1886, y canonizado por Pablo VI el 25 de octubre de 1970, junto con otros 39 mártires ingleses, sacerdotes, religiosos y laicos, hombres y mujeres, todos ellos sacrificados por la defensa de la verdad y de la unidad de la Iglesia.

 

ORACIÓN:

 

           “Oh Dios, que concediste a nuestro hermano San Juan Stone la fortaleza para poder sellar con el martirio su vida consagrada a ti; concédenos, por su intercesión, dar testimonio con nuestra vida de la fe que profesamos. Por NSJ.”

SAN NICOLÁS DE TOLENTINO

10 DE SEPTIEMBRE

 

El nombre Nicolás significa: "Victorioso con el pueblo" (Nico = victorioso. Laos = pueblo). El sobrenombre Tolentino le vino de la ciudad italiana donde trabajó y murió.

 

Sus padres, después de muchos años de matrimonio sin tener hijos, y para conseguir del cielo la gracia de que les llegara algún heredero, hicieron una peregrinación al santuario de San Nicolás de Bari. Al año siguiente, nació este niño, y en agradecimiento al santo que les había conseguido el regalo del cielo, le pusieron por nombre Nicolás.

Ya desde muy pequeño, le gustaba alejarse del pueblo e irse a una cueva a orar. Cuando ya era joven, un día entró a un templo y allí estaba predicando un famoso fraile agustino, el Padre Reginaldo, el cual repetía aquellas palabras de San Juan: "No amen demasiado el mundo ni las cosas del mundo. Todo lo que es del mundo pasará".

 

Estas palabras lo conmovieron y se propuso hacerse religioso. Pidió ser admitido como agustino, y bajo la dirección del Padre Reginaldo e hizo su noviciado en esa comunidad.

 

Ya religioso, lo enviaron a hacer sus estudios de teología y en el seminario lo encargaron de repartir limosna a los pobres en la puerta del convento. Y era tan exagerado en repartir que fue acusado ante sus superiores. Pero antes de que le llegara la orden de destitución de ese oficio, sucedió que impuso sus manos sobre la cabeza de un niño que estaba gravemente enfermo diciéndole: "Dios te sanará", y el niño quedó instantáneamente curado. Desde entonces los superiores empezaron a pensar qué sería de este joven religioso en el futuro.

Ordenado de sacerdote en el año 1270, se hizo famoso porque colocó sus manos sobre la cabeza de una mujer ciega y le dijo las mismas palabras que había dicho al niño, y la mujer recobró la vista inmediatamente.

 

Fue a visitar un convento de su comunidad y le pareció muy hermoso y muy confortable y dispuso pedir que lo dejaran allí, pero al llegar a la capilla oyó una voz que le decía: "A Tolentino, a Tolentino, allí perseverarás". Comunicó esta noticia a sus superiores, y a esa ciudad lo mandaron.

 

Al llegar a Tolentino, se dio cuenta de que la ciudad estaba arruinada moralmente por una especie de guerra civil entre dos partidos políticos, lo güelfos y los gibelinos, que se odiaban a muerte. Y se propuso dedicarse a predicar como recomienda San Pablo: “Oportuna e inoportunamente". Y a los que no iban al templo, les predicaba en las calles.

 

A Nicolás, no le interesaba nada aparecer como sabio ni como gran orador, ni atraerse los aplausos de los oyentes. Lo que le interesaba era entusiasmarlos por Dios y obtener que cesaran las rivalidades y que reinara la paz. El Arzobispo San Antonino, al oírlo exclamó: "Este sacerdote habla como quien trae mensajes del cielo. Predica con dulzura y amabilidad, pero los oyentes estallan en lágrimas al oírle. Sus palabras penetran en el corazón y parecen quedar escritas en el cerebro del que escucha. Sus oyentes suspiran emocionados y se arrepienten de su mala vida pasada".

 

Los que no deseaban dejar su antigua vida de pecado hacían todo lo posible por no escuchar a este predicador que les traía remordimientos de conciencia. Uno de esos señores se propuso irse a la puerta del templo con un grupo de sus amigos a boicotearle con sus gritos y desórdenes un sermón al Padre Nicolás. Éste siguió predicando como si nada especial estuviera sucediendo... Poco después, el jefe del desorden hizo una señal a sus seguidores y entró con ellos al templo y empezó a rezar llorando, de rodillas, muy arrepentido. Dios le había cambiado el corazón. La conversión de este antiguo escandaloso produjo una gran impresión en la ciudad, y pronto ya San Nicolás empezó a tener que pasar horas y horas en el confesionario, absolviendo a los que se arrepentían al escuchar sus sermones.

 

Nuestro santo recorría los barrios más pobres de la ciudad consolando a los afligidos, llevando los sacramentos a los moribundos, tratando de convertir a los pecadores, y llevando la paz a los hogares desunidos.

 

En las indagatorias para su beatificación, una mujer declaró bajo juramento que su esposo la golpeaba brutalmente, pero que desde que empezó a oír al Padre Nicolás, cambió totalmente y nunca la volvió a tratar mal. Y otros testigos confirmaron tres milagros obrados por el santo, el cual cuando conseguía una curación maravillosa les decía: "No digan nada a nadie". "Den gracias a Dios, y no a mí. Yo no soy más que un poco de tierra. Un pobre pecador".

 

Murió el 10 de septiembre de 1305, y cuarenta años después de su muerte fue encontrado su cuerpo incorrupto. En esa ocasión le quitaron los brazos y de la herida salió bastante sangre. De esos brazos, conservados en relicarios, ha salido periódicamente mucha sangre. Esto ha hecho más popular a nuestro santo.

 

San Nicolás de Tolentino vio en un sueño que un gran número de almas del purgatorio que le suplicaban que ofreciera oraciones y misas por ellas. Desde entonces se dedicó a ofrecer muchas santas misas por el descanso de las benditas almas. Quizás a nosotros nos quieran pedir también ese mismo favor las almas de los difuntos. Obra santa y piadosa es orar por los difuntos, para que descansen de sus penas (S. Biblia 2 Macab.).

 

ORACIÓN: “Te rogamos, Dios todopoderoso, que concedas a tu Iglesia, jubilosa con la gloria de las virtudes y milagros de San Nicolás de Tolentino, goce, por su intercesión, de paz y unidad perpetuas. Por NSJ.”.

 

SANTA CLARA DE MONTE FALCO

17 DE AGOSTO

 

Nació en Montefalco (Perugia) hacia 1268, en donde pasó toda su vida. Era la segunda hija de Damián y de Giacoma.

Santa Clara fue una gran mística que iluminó con su esplendor espiritual los inicios de la historia agustiniana: su vida constituye una experiencia espiritual particular y fascinante.

 

Ya a los seis años de edad se sintió llamada a una vida de entrega a Dios. Presa del amor divino, mostró una fuerte inclinación a la oración, hasta pasar largo tiempo inmersa en ella, retirada en el lugar más recoleto de la casa paterna. Igualmente ya tenía una profunda devoción a la Pasión de Nuestro Señor y ya sólo la visión de un Crucifijo era para ella como una llamada a la continua mortificación, a la cual se abandonaba voluntariamente infligiendo a su cuerpo inocente la más dura flagelación con dolorosos cilicios, tanto que parecía increíble que una niña de seis años pudiera tener no ya sólo el pensamiento, sino sobre todo la fuerza de soportar el tormento.

Mostrando una madurez humana y espiritual fuera de lo común, y queriendo seguir le ejemplo de su hermana, se consagra por entero a Dios, entrando en el “reclusorio”, construido por el padre para Juana, la hermana mayor, que llevaba una vida contemplativa con algunas compañeras, donde fue acogida en el 1275. La santidad de la pequeña y la virtud de Juana atrajeron al reclusorio nuevas aspirantes, que propició la construcción de uno más grande, a partir de 1282, y que se retrasó ocho años por diversas dificultades. A causa de las restricciones financieras, durante algún tiempo, se le encomendó a Clara moverse en la cuestación...

 

En 1290, el pequeño grupo de jóvenes, incluida Clara, que tomó el nombre de “Clara de la Cruz”, fue constituido jurídicamente en monasterio, tomando la regla de san Agustín y autorizándosele a la vez a aceptar novicias, según un decreto dado por el Obispo Gerardo Artesino, con fecha de 10 de junio. El nuevo monasterio se llamó de “La Cruz”, a propuesta de la propia Juana, que fue elegida de inmediato Abadesa.

El año siguiente, fallecida su hermana el 22 de noviembre de 1291, Clara fue llamada a sucederla en el cargo, contra su voluntad y a pesar de su juventud, siendo elegida Abadesa, continuando en este servicio hasta su muerte, acaecida el 17 de agosto de 1308.

 

Espiritualmente madura por don de Dios desde su infancia, Clara siguió con decisión el camino que siempre había soñado recorrer. Después de un largo período de purificación interior llegó a la unión mística con Cristo crucificado. La vida retirada no le impidió desempeñar un intenso y provechoso apostolado en ayuda de cuantos se dirigían al monasterio ante cualquier necesidad. Se interesó por el estado de la Iglesia, poniéndose en contacto con obispos y cardenales. Aconsejó y ayudó espiritualmente a sacerdotes y religiosos. Desenmascaró e hizo condenar, ella, que era casi analfabeta, las insidiosas opiniones de los secuaces del “libre espíritu”.

 

En su vida personal, y como Abadesa, vivió ejemplarmente la vida de comunidad exigida por la Regla de San Agustín. Inculcaba mucho en las hermanas la necesidad de la abnegación y del esfuerzo personal para construir el edifico de la vida espiritual. Durante su gobierno, que ejerció siempre con clara firmeza, supo mantener siempre vivo en la comunidad, con la palabra y el ejemplo, un gran deseo de perfección.

 

Dios la dotó de singulares gracias místicas, como visiones y éxtasis, y dones sobrenaturales que se manifestaron dentro y fuera del monasterio. Dotada de ciencia infusa, pudo ofrecer sabias soluciones a las más arduas cuestiones propuestas por los teólogos, filósofos y literatos; y defendió valientemente la doctrina de la fe. Con su pronta actuación, a finales de 1306 e inicios de 1307, desenmascaró e hizo condenar, ella, que era casi analfabeta, las insidiosas opiniones de los secuaces de la secta herética del “libre espíritu”.

Se distinguió sobre todo por su amor a la Pasión del Señor, reservando un puesto muy principal a la devoción de la santa Cruz.

 

Después de haberla purificado con terribles pruebas interiores, el Señor la unió a Él, imprimiéndole milagrosamente los signos de la pasión. En los últimos tiempos de su vida solía repetir que Cristo se los había grabado en el corazón.

 

“Sorella Chiara”, aunque inimitable en su experiencia mística personal, resulta fascinante. Representa la inocencia recogida por Dios antes de que el fango de la tierra la llegase a deteriorar o corromper. En su cándida figura, encontramos el amor puro y apasionado por el Señor, el abandono dócil que permite a Dios plasmar a su gusto las criaturas y realizar con ellas cosas extraordinarias.

 

Tanta fue su fama y la que sus virtudes suscitaban en vida, que nada más morir, en su monasterio de Montefalco, el 17 de agosto de 1308, fue venerada como santa.

 

Según una tradición legendaria, fundada en su significativa piedad y en su ingenua noción de anatomía, referidas a que en su corazón, de excepcionales dimensiones, se creía que se encontrarían los símbolos de la Pasión: el crucifijo, el látigo, la columna, la corona de espinas, los tres clavos y la lanza, la caña y la esponja... También, se pudieron reconocer tres globos de iguales dimensiones, colocados en forma de triángulo, como un símbolo de la Stma. Trinidad.

 

Por ello, inmediatamente después de su muerte, cuando contaba cuarenta años, sus hijas decidieron comprobar la veracidad de sus palabras. Extraído el corazón, advirtieron con estupor la exactitud de las afirmaciones de Clara. Berengario, vicario general de la diócesis de Spoleto, incrédulo y amenazante. Corrió en seguida a Montefalco para verificar en persona las “invenciones fantásticas” que corría entre el pueblo sobre la particular y las “manipulaciones” llevadas a término por las monjas. Pero frente a la evidencia se convirtió en ferviente admirador de la sierva de Dios, siendo su primer biógrafo y uno de los más encendidos promotores del proceso de canonización, instruido entre 1318 y 1319, con la declaración de 486 testigos.

 

Si bien Clara no fue proclamada santa hasta el pontificado de León XIII, en 1881, el 18 de diciembre.

 

Su cuerpo se conserva en la iglesia de las Agustinas de Montefalco.

 

ORACIÓN:

 

“Oh Dios, que renovaste continuamente la vida de santa Clara de Montefalco con la meditación de la Pasión de tu Hijo: concédenos que, siguiendo su ejemplo, constantemente podamos renovar tu imagen en nosotros. Por N.S.J.”. Amén.

 

PROCESOS hasta su CANONIZACIÓN

 

Transcurridos, a penas diez meses de la muerte de Clara, el Obispo de Spoleto, Pedro Pablo Trinci, ordenó el 18 de junio de 1309 iniciar el proceso informativo sobre su vida y sus virtudes; se sucedían nuevos milagros y aumentaba la devoción por la piadosa hermana de Montefalco, tanto que llegó a la propia Santa Sede, pidiendo la canonización de Clara. El procurador de la causa fue el propio Berengario, que tuvo que acudir en 1316 a Avignon a ver a Juan XXII, que dispuso que el cardenal Napoleón Orsini, legado en Perugia, se informara y le informara. El nuevo proceso, iniciado el 6 de setiembre de 1318, instruido entre 1318 y 1319, con la declaración de 486 testigos, encontró nuevas dificultades. Fue sólo en 1624, cuando Urbano VIII, concedió primeramente a la Orden el 14 de agosto, y para la diócesis de Spoleto el 28 de septiembre, el rezar el Oficio y la Misa con oración propia en honor de Clara; Clemente X hace insertarlo el 19 de abril de 1673 en el Martirologio Romano. En 1736, Clemente XII ordenó retomar la causa y al año siguiente la Sagrada congregación de Ritos aprobó el culto “ab inmemorabili”; en 1738, fue instruido un nuevo proceso apostólico sobre virtudes y milagros, ratificado por la Sagrada Congregación el 17 de septiembre de 1743. Así ya se podía proceder a la aprobación de las virtudes heroicas. Pero sólo un siglo después, después de un último proceso apostólico, iniciado el 22 de octubre de 1850, concluido el 21 de noviembre de 1851 y aprobado por la Sagrada Congregación el 25 de septiembre de 1852; pero hasta el 18 de diciembre de 1881, tuvo que esperar para ser canonizada.

 

 

 

SANTA MAGDALENA DE NAGASAKY

20 DE OCTUBRE

Hija de nobles y fervientes cristianos, nació en 1611 en las proximidades de la ciudad japonesa de Nagasaki. Refieren fuentes antiguas que era una mujer hermosa y de delicada constitución. Por su fe católica, sus padres y hermanos habían sido condenados a muerte y martirizados cuando ella todavía era muy joven.

En 1624, conoció a dos agustinos recoletos, los padres Francisco de Jesús y Vicente de san Antonio, llegados al Japón unos meses antes. Atraída por la profunda espiritualidad de ambos misioneros, se consagró a Dios como “terciaria” agustina recoleta. Desde aquel momento, su vestido de gala fue el hábito de terciaria, y su mayor solicitud la oración, la lectura de libros religiosos y el apostolado.

Los tiempos eran difíciles. La persecución que arreciaba contra los cristianos era cada día más sistemática y cruel. Magdalena enseñaba el catecismo a los niños y pedía limosna a los comerciantes portugueses a favor de los pobres. En 1629, se refugió con los padres Franciso y Vicente y varios centenares de cristianos en las montañas de Nagasaki. En noviembre de aquel mismo año, fueron capturados los dos misioneros, y ella permaneció escondida, soportando con serena alegría sufrimientos y estrecheces. Infundía valor para mantenerse firmes en la fe, animaba a cuantos por temor o debilidad habían renegado de Cristo, visitaba a los enfermos, bautizaba a los recién nacidos y para todos tenía una palabra de aliento.

En vista de los frecuentes apostasías de cristianos aterrorizados por las torturas a que eran sometidos y deseosa de unirse para siempre a Cristo, Magdalena decidió desafiar a los tiranos. Vestida con su hábito de terciaria, en septiembre de 1634, se presentó ante los jueces. Llevaba consigo un pequeño fardo llenos de libros religiosos para rezar y leer en la cárcel. Ni las promesas de un matrimonio ventajoso ni las torturas consiguieron doblegar su voluntad. A primeros de octubre, fue sometida al tormento de la “forca” o “fossa”. Suspendida por los pies, con la cabeza y el pecho introducidos en una cavidad cubierta con tablas para hacer aún más difícil la respiración, la valiente joven invocaba durante el martirio los nombres de Jesús y de María, y cantaba himnos al Señor. Resistió trece días en este tormento, hasta que una noche una fuerte lluvia inundó la fosa y la mártir se ahogó. Los verdugos quemaron su cuerpo y esparcieron las cenizas en el mar para que los cristianos no conservaran reliquias suyas.

           Beatificada en 1981, fue canonizada por Juan Pablo II el 18 de octubre de 1987.

SANTA MONICA

27 DE AGOSTO

Patrona de nuestro Profesorio.

Nació en Tagaste, actual Souk-Ahras (Argelia), en el 331 ó 332, de una familia de buena posición social y profundamente cristiana. Contrariamente a la costumbre del tiempo, le fue permitido estudiar, y ella lo aprovechó par leer y meditar la Sagrada Escritura.

Se desposó en plena juventud con Patricio, aún no cristiano; modesto propietario de Tagaste y miembro del consejo municipal, bueno y afectuoso, pero autoritario y fácil a la ira. A pesar de su intenso amor a Mónica, su carácter le llevó a ser áspero y a la infidelidad; que ella pudo vencer a fuerza de bondad y mansedumbre. A los 22 años, nació su primogénito, Agustín; y a continuación el segundo, Navigio, que murió joven; y después una hija, cuyo nombre se ignora, aunque se ha hablado de Perpetua, que se casó y al quedarse viuda entró en el monasterio femenino de Hipona, fundado por Agustín, llegando a ser su Abadesa.

Fuerte de ánimo, ardiente en la fe, firme en la esperanza, de brillante inteligencia, sensibilísima a las exigencias de la convivencia, asidua en la oración y en la meditación de la Sagrada Escritura, encarna el modelo de la esposa ideal y de la madre cristiana.

 

Gana para Cristo a su esposo, después de haber rezado tanto para que se amansase; y obtiene el consuelo, un año antes de su muerte, al verlo hacerse catecúmeno y ser después bautizado en su lecho de muerte en el 369.

Mónica con 39 años toma las riendas de la casa y de la administración de los bienes, pero su preocupación mayor era su hijo, Agustín, que hasta quiso convencer a su madre de abandonar el cristianismo por el maniqueísmo... Después de haberlo intentado todo por llevarle al buen camino, le prohibió volver a casa. Él, amando profundamente a su madre, se marcha a Roma y engaña a su madre, que quería seguir sus pasos, dejándola en tierra. Aquella noche, se la pasó llorando ante la tumba de S. Cipriano. Pero ella no se desanima y continúa heroicamente su obra para obtener la conversión de su hijo. En el 385, se embarca, aunque él ya se ha trasladado a Milán. Allí ella comienza a consolarse al verle frecuentar la escuela de S. Ambrosio, obispo de Milán; y después verle prepararse para el bautismo con toda su familia, con su otro hijo, Navigio, y con su amigo, Alipio; por fin, habían sido escuchadas sus oraciones.

Logra, con asidua plegaria ferviente y su imploración con lágrimas, la transformación espiritual, la conversión de su hijo, S. Agustín, “es imposible que se pierda un hijo de tantas lágrimas” (S. Ambrosio). Asiste a su bautismo, y con gozo exultante, en la Pascua del 387, viéndole convertido en un cristiano profundamente convencido. Mientras ella pensaba poderle encontrar una esposa cristiana, recibe una grande y grata sorpresa: decide no volverse a casar, y retornar con ella a África para vivir una vida monástica.

El tiempo de retiro pasado en Cassiciaco, cerca de Milán, fue de reflexión, discutiendo de filosofía y de cosas espirituales. Mónica participaba con sabiduría y Agustín transcribió en sus escritos la sabia palabra de su madre, que maravillaba a todos, máxime cuando a las mujeres no les estaba permitido intervenir...

 

Después de esto, ya no encontraba nada que le atrajera de este mundo, y podía morir contenta, máxime viendo a su hijo consagrado al servicio de Dios. Después de cinco o seis días, en cama por fiebre, y les indicó: “que deberían enterrar su cuerpo sin entristecerse, pero que la recordaran ante el altar del Señor”. Agustín, con lágrimas en los ojos, le mostraba su gran afecto, repitiéndole: “Tú me has engendrado dos veces”.

La enfermedad, quizás malaria, duró nueve días, y posiblemente el 27 de agosto del 387, cuando con él y los suyos se preparaba para viajar de regreso a África, muere en Ostia Tiberina (Roma); ciertamente antes del 13 de noviembre, del año 387, a los 56 años de edad.

 

Unos catorce días antes, madre e hijo habían tenido el dulce “éxtasis de Ostia”: “En él llegaron a tocar un poco en un supremo vuelo del corazón la Sabiduría hacedora de todas las cosas, dejando allí prendidas las primicias del espíritu”.

En el libro de las “Confesiones” está delineada su figura de madre cristiana y contemplativa, atenta a los deseos de los humildes y pobres. Agustín se convierte en el auténtico “biógrafo” de su vida, dándonos verdaderas revelaciones de su vida. Nos la presenta como una buena madre, eficaz siempre con todos y con una profunda educación cristiana. Dice Agustín que “él bebía el nombre de Jesús con la leche materna”; el niño, apenas nacido, fue inscrito entre los catecúmenos... Crecía con la enseñanza materna de la religión cristiana, cuyos principios quedaron impresos en él.

Mujer de grandes intuiciones y de extraordinaria virtud natural y sobrenatural, admirable por su particular fortaleza de ánimo, aguda inteligencia, gran sensibilidad...; respetuosa y paciente con todos.

 

En el S. XII se comenzó a celebrar su memoria litúrgica el 4 de mayo, fecha que fue trasladada en el año 2000 -al adaptarse el calendario agustiniano-, a la que ya celebraba la Iglesia universal, el 27 de Agosto, en la víspera de la su gran hijo, el obispo de Hipona, S. Agustín, que murió un 28 de agosto (430).

Las reliquias de su cuerpo, durante siglos fueron veneradas en Sta. Áurea de Ostia, hasta el 9 de abril de 1430 que, en un artístico sarcófago esculpido por Isaías de Pisa en el S. XV, fueron trasladadas a la Iglesia de S. Agustín de Roma.

 

Patrona de las mujeres casadas, madres y viudas.

 

Su nombre, etimológicamente viene del griego y significa: “la solitaria”.

“Es necesario celebrar, Padre Santo, tus dones en ella, porque, vivificada en Cristo, vivió de tal manera que fuese alabado tu nombre en su fe y en sus costumbres, y en su corazón se palpase tu presencia. Ganó a su marido para ti. Formó a los hijos, dándoles a luz tantas veces cuantas veía que se desviaban de ti; ante sus lágrimas, diarias y sinceras, le concediste que su hijo, Agustín, no pereciese” (Prefacio Misa).

 

Aunque el testimonio de Agustín más que una biografía resulte un tierno himno filial dentro de un cántico de alabanza al Señor, a él la palabra:

 

· Muchacha. Educación austera (Confesiones 9, 8, 17-18).

 

· Esposa. Buena, paciente, generosa, sembradora de paz... (9, 9,19-22).

 

· Madre. Atenta a la vida cristiana de los hijos... (9, 9, 22; 1, 11, 17-18; 2, 3, 7; 3, 4, 7-8; 6, 5, 7-8; 6, 16, 26).

 

· Madre que salva. Volcada en la conversión de Agustín... (3, 11, 19-20; 3, 12, 21; 5, 8, 14-15; 5, 9, 16 - 10, 18; 6, 1, 1; 6, 2, 2; 6, 13, 23; 9, 16, 14 – 9, 7, 16).

 

· Madre que triunfa. Reconocido por el propio Agustín... (8, 12, 30)

 

· Maestra. Con una auténtica “sabiduría”... (9, 9, 22; De beata vita 2, 2,8-10)

 

· Mística. Visiones... (6, 1, 1; 6, 13, 23; 9, 10, 23-24 y 26; 9, 11, 23-28).

 

· Muerte y sepultura... (9, 11, 28 – 12, 33).

 

ORACIÓN:

 

“Señor, Dios nuestro, misericordia nuestra, que adornaste a nuestra Madre Santa Mónica con el carisma de saber reconciliar a los hombres contigo y entre sí; concédenos ser siempre mensajeros de paz y de unidad, llevando a ti los corazones con el ejemplo de nuestra vida. Por N.S.J.”. Amén.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BEATO SANTIAGO DE VITERBO

12 DE DICIEMBRE

Nació en Viterbo (Italia), en torno al 1255, descendiente, quizás, de la noble familia Capocci. No se tienen noticias de sus años juveniles.

Abrazada bien pronto la vida religiosa, entró en los ermitaños de San Agustín en el 1272, vistiendo el hábito en el convento viterbés de la Santísima Trinidad. Antes de 1275, fue enviado a París para cursar la teología en el estudio de su Orden, dónde frecuentó las lecciones de Egidio Romano, quien lo tuvo siempre en gran consideración. De regreso a su patria en 1281-82, desempeñó en un primer momento el cargo de Definidor de la provincia romana en 1283, de Visitador en 1284 y luego nuevamente de Definidor en 1285, ejerciendo mientras tanto también, con toda probabilidad, las funciones de Lector en conventos de la misma provincia.

 

En 1286, volvió a París para continuar los estudios teológicos, consiguiendo el bachillerato en 1288 y, al final del prescrito aprendizaje, el doctorado en la pascua de 1293. Por designación de Egidio Romano, electo prior general de la Orden, fue nombrado en el mismo año Maestro Regente del Estudio parisiense, permaneciendo en este cargo hasta 1299. De nuevo en Italia en 1300, enseñó durante dos años en el Estudio de Nápoles, ocupación que tuvo que dejar al ser nombrado arzobispo de Benevento por Bonifacio VIII el 3 de septiembre de 1302. El 6 ó el 12 de diciembre siguiente fue trasladado la sede de Nápoles, donde, pastor verdaderamente celoso, supo ganarse la estima y el afecto del rey Carlos II de Anjou y de su hijo Roberto, duque de Calabria, quien le ayudó en la construcción de la nueva catedral.

El 13 de mayo de 1306, comenzó a interesarse por la causa de canonización del santo pontífice Celestino V, encargo que le fue confiado expresamente por Clemente V, y en el que puso el máximo empeño, yendo personalmente a recoger testimonios en aquellos lugares donde el ermitaño Pedro de Morrone había llevado su vida penitente; y en esa actividad continuó hasta la muerte, en olor de santidad, ocurrida en Nápoles a finales de 1307 ó primeros de 1308. La memoria del siervo de Dios fue rodeada enseguida de veneración, convirtiéndose pronto en objeto de culto público, confirmado oficialmente en 1911 por San Pío X.

 

Considerado uno de los mayores teólogos escolásticos, por la agudeza de su ingenio, mereció el título honorífico de “doctor speculativus”. Escribió obras muy importntes. En ellas, como en su vida, resalta su entrañable amor a la Iglesia y a la doctrina de San Agustín. La única obra de Santiago de Viterbo publicada íntegramente es el “De regimine christiano”, compuesta en 1303 con ocasión de la lucha entre Bonifacio VIII y Felipe el Hermoso, escrito que puede considerarse como el primer tratado sistemático sobre la Iglesia.

 

ORACIÓN: “Señor, Dios nuestro, que en el beato Santiago diste a la Iglesia un pastor celoso y un iluminado maestro de las verdades de fe; concédenos, por su intercesión, que nos dediquemos con todas nuestras fuerzas al servicio de la Iglesia y de nuestros hermanos. Por N.S.J.”. Amén.

 

SANTOS LIBERATO, BONIFACIO, MÁXIMO Y COMPAÑEROS MÁRTIRES

26 DE AGOSTO

Los hermanos y monasterios africanos que la Orden consideraba de inspiración fundamentalmente agustiniana, revisten una singular importancia...

S. Agustín, recibido el bautismo de S. Ambrosio, en Milán en el 387, regresa a África para realizar su proyecto de vida monástica. “Recibida la gracia bautismal –como escribe su biógrafo S. Posidio- decide volver con otros conciudadanos y amigos suyos, deseos como él de servir a Dios, en África, en su propia casa y en sus posesiones. Allí, después de liberarse de sus bienes, permanecerá tres años, y vivían para Dios unidos con los que se le habían unido a él, en el ayuno, la oración, las buenas obras, en la meditación, de día y de noche, en la ley del Señor. Todavía, cuando llega a Obispo, en el 395, y por toda su vida, vive como monje, a pesar de sus múltiples ocupaciones pastorales y propaga con todos los medios la vida religiosa en toda el África cristiana”.

 

A su muerte, en el 430, continúa el biógrafo: “Agustín dejó a la Iglesia monasterios de hombres y de mujeres, llenos de siervos y siervas de Dios, con sus superiores, unidos y con bibliotecas bien provistas de libros”.

 

Las invasiones en el África romana, en primer lugar de los vándalos y después de los árabes, destruyeron las fundaciones monásticas agustinianas.

 

Los hermanos y monasterios africanos que la Orden considera de inspiración fundamentalmente agustiniana, como ya hemos señalado, revisten una extraordinaria importancia, en particular el de Gafsa en Túnez, por el martirio de sus siete religiosos: Liberato, abad; Bonifacio, diácono; y los monjes Severo, Rústico, Rogato, Setimio y Máximo, novicio.

 

Tras el edicto dado en el 484 por el rey Hunerico, que ordenaba la consigna de destruir los monasterios con sus habitantes, los siete religiosos de aquel monasterio fueron encarcelados y, después de haber soportado grandes pruebas, fueron martirizados en Cartago, dando un gran ejemplo de fe y de unión fraterna.

 

Su celebración litúrgica fue concedida a la Orden el 6 de junio de 1671, situándola en las vísperas de la de N. P. S. Agustín.

 

ORACIÓN:

 

“Señor, Dios nuestro, que en los santos mártires Liberato, Bonifacio, Máximo y compañeros, fortalecidos con la fuerza del Espíritu Santo, nos diste un ejemplo admirable de fortaleza y unidad fraterna: concédenos, por su intercesión, que, en medio de las vicisitudes de este mundo, permanezcamos siempre fieles a Cristo y vivamos la unidad en el amor. Por N.S.J.”. Amén.

 

 

 

 

 

 

 

SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

10 DE OCTUBRE

Nace en Fuenllana (Ciudad Real) en 1486, de padres religiosos y caritativos, de los que heredó su amor apasionado por los pobres. Vivió sus primeros años en Villanueva de los Infantes, de donde recibirá después del “nombre”.

A los quince años, fue enviado a estudiar a la célebre Universidad renacentista de Alcalá, donde llegó a ser maestro insigne, por su vasta competencia de las ciencias humanas y sagradas. Allí obtuvo, en 1509 el título de “Maestro” de lógica, física y metafísica. Continuó estudiando teología durante tres cursos, hasta que fue requerido para dirigir la Cátedra de Lógica (1512-16). Los quince años de permanencia en Alcalá, dejaron impresa en él una profunda impronta humanística para el resto de su vida. No aceptó la invitación que se le había hecho para enseñar en la otra famosa universidad de Salamanca.

 

Sin embargo, en 1516, va a Salamanca para ingresar en la Orden agustiniana, en el famoso convento de S. Agustín, donde profesa (25/Noviembre/1517). Se ordena de Sacerdote en 1518. A los 32 años, los superiores descubriendo con prontitud sus dotes, le van comprometiendo con sucesivos cargos de responsabilidad dentro de la Orden, contra su voluntad: Prior de Salamanca (1519-21 y 1523-25), período éste, cuando recibe la profesión de Alonso de Orozco; Visitador de la Provincia de Castilla (1526-27), Provincial de la Provincia de Andalucía (1527-29), Prior de Burgos (1531-34), Provincial de Castilla (1534-37), Prior de Burgos (1541-44).

Carlos V, que siente por él una especial predilección y le considera una persona clave para la reforma dentro de su reino, le nombra predicador y consejero suyo y, estando vacante la sede de Valencia, lo presenta para Arzobispo de la ciudad (10/Octubre/1544).

 

Valencia se encontraba en unas condiciones espirituales deplorables: después de un siglo sin un Obispo residente, muchos clérigos en situación irregular y la agitación morisca.

Tomás, en primer lugar, dirige sus esfuerzos a la recristianización de la diócesis. Funda el colegio-seminario de la Presentación (1550), para formar al clero, de forma que salgan capacitados para dar un testimonio auténtico de vida. Convoca un Sínodo y visita todas las parroquias, actuando con mano enérgica y paternal. Envió misioneros al Perú. Se inspiraba en las enseñanzas del Buen Pastor, en S. Pablo y en los grandes obispos. Es llamado el “S. Bernardo español” por su profundidad teológica sobre la Virgen. Fue el “predicador” más grande de su tiempo, y más que con la palabra, convencía con el ejemplo de su vida.

 

De su obra pastoral, merece recordarse: la asistencia a los pobres, la evangelización a los moriscos y la dedicación a la juventud. La intensa actividad en favor de su grey, afianzada en su gran erudición, hacen de él uno de los hombres más respetados del tiempo y modelo del obispo ideal. En Valencia, se mostró como verdadero modelo de buen pastor, sobresaliendo por su caridad, pobreza, prudencia y celo apostólico. Allí se le reconocerá con el sobrenombre de “El Obispo de los pobres”.

Se distinguió, también, por la promoción de los estudios y del espíritu misionero en la Orden y por su incondicional entrega al servicio de la Iglesia y de los pobres...

 

Murió el 8 de Septiembre de 1555. Fue declarado Beato en 1618, y Alejandro VII lo canonizó en 1658. Es “patrono” de los estudios de la Orden. Sus restos se conservan en la iglesia catedral de Valencia. Su Fiesta litúrgica se celebra el 10 de Octubre.

 

ORACIÓN: “Envía, Señor, a tu Iglesia pastores llenos de una caridad ilustrada por la ciencia, para que, siguiendo el ejemplo de Santo Tomás de Villanueva, nos estimulen a cultivar la ciencia y a poner sus frutos al servicio de la caridad. Por NSJ.”

 

 

 

 

 

 

 

 

BEATO PEDRO SANTIAGO DE PÉSARO

23 DE JUNIO

Debemos a su actividad de calígrafo las primeras dos fechas ciertas de su vida. El 8 de agosto de 1472, lo encontramos en Farneto de Monteabad (Pésaro) y el 3 de noviembre como maestro de estudiantes en Perugia, donde al año siguiente obtendrá el grado de Lector. En 1479, fue promovido a Maestro en Sagrada Teología. Enseñó en los estudios generales de Florencia y de Bolonia. De las noticias que conocemos, el Beato emerge con alguna característica inconfundible: la santidad de vida, el amor por el estudio, el empeño en la evangelización y en la formación espiritual y cultural de los jóvenes agustinos, la oración y la penitencia. Predicó con gran celo la Palabra de Dios en muchas ciudades de Italia y amó intensamente la vida contemplativa.

 

               Aunque no contamos con todos los elementos deseables de su historia, no estamos privados de los esenciales, sobre los cuales es posible reconstruir las coordenadas biográficas, los aspectos ambientales, los cambios de conventos, la obra y los influjos que califican su vida.

 

               Nace en Pésaro, muy probablemente en el año 1445. Poco se sabe de su familia, que responde a Gaspari. Muy joven entra en el Convento Agustiniano de su ciudad, que infundirá en él el elemento carismático que le caracterizó: el estudio como camino hacia la sabiduría, la virtud y el ministerio apostólico.

 

               Terminado el noviciado, hace su profesión y comienza los estudios necesarios para el ministerio sacerdotal y para la carrera académica que prescribe con exigencia el programa de la Orden Agustiniana.

 

               Después de su ordenación sacerdotal, es incorporado a la vida conventual con el compromiso de seguir los estudios y de guiar a los jóvenes estudiantes de la Orden.

 

               En 1472, es Maestro de estudiantes en Perugia.

 

               En 1473, es enviado a enseñar al estudio agustiniano de Florencia.

 

               En 1482, lo encontramos ya con el título de Maestro en Sagrada Teología en Rímini y con la tarea de Regente de estudios. Participa en dos Capítulos Generales: en 1482 en Perugia y en 1486 en Siena.

 

               Muere poco después de alcanzar la cincuentena.

 

               Su vida destaca por el esfuerzo y la penitencia. Al término de sus días, siempre según la consideración de sus superiores y hermanos, renunció a tareas prestigiosas y prefirió dedicarse a la vida ascética y a la contemplación en el eremo de Valmanente, famoso por S. Nicolás de Tolentino, en el que tuvo las célebres visiones del Purgatorio.

 

               Otras noticias, que su pequeña biografía y los historiadores han aportado, hablan de su nombramiento a comisario general de los conventos de Pérgola y Corinaldo, de su elección como Prior Provincial de la Provincia Picena y como Prior en el célebre Convento de Los Estudios de Santiago el Mayor de Bolonia, aunque esto deberá verificarse mejor, pues algunos podrían referirse a otro con su mismo nombre y contemporáneo.

 

               Con certeza, sabemos que se significa con algunos rasgos inconfundibles: la santidad de vida, el amor por el estudio, el empeño por la evangelización y en la formación espiritual y cultural de los jóvenes agustinos, la búsqueda de la soledad, la ascesis, la oración y la penitencia... todos los elementos que las Constituciones de aquel tiempo –las mismas que prepararon los Beatos Clemente de Ósimo y Agustín Novello para el Capítulo de Ratisbona en el 1290- presentaban como puntos nucleares de la Orden Agustiniana recientemente estructurada.

 

               Murió en el 1496 en Valmanente (Perugia). Sus reliquias se veneran allí, en la iglesia agustiniana. Pío IX aprobó su culto en 1848.

 

ORACIÓN:

 

           “Oh Dios, que llamaste al Beato Pedro Santiago de Pésaro al ministerio de la predicación del Evangelio, y le concediste el don del estudio y de la enseñanza a los jóvenes, de la oración y la penitencia; concédenos de tal manera ser fieles en la oración y el amor, que vivamos el mensaje evangélico en toda su plenitud. Por NSJ.”

SANTA RITA DE CASIA

22 DE MAYO

Nace en 1381, en Roccaporena, cerca de Casia, en la Umbría italiana. Su verdadero nombre era Margarita, pero desde muy pequeña la llamaron Rita, y así se quedó para toda la vida. Crece en el temor de Dios y en la atención a sus ancianos padres Sus padres eran pacificadores de Cristo en las luchas políticas y familiares entre güelfos y gibelinos. Fue hija única. Desde su nacimiento ya empezó a demostrar que iba a ser la "Abogada de los imposibles", pues la mamá sufría la enfermedad de la esterilidad y no podía tener hijos y con mucha oración obtuvo de Dios el prodigio de que le concediera esta buena hija. Cuando la niña nació ya sus padres eran bastante viejos. Desde sus primeros años dio muestras de una gran inclinación a la piedad. Su mayor gusto era dedicarse a la oración y el más grande deseo de su alma de juventud era ser religiosa.

Pero sus padres dispusieron más bien que debían hacerla contraer matrimonio. Y ella, que siempre fue obedientísima, aceptó la determinación paterna cuando iba a cumplir los diez y seis años, Rita se casó con Pablo Fernando Manzini, joven bien dispuesto, pero resentido, de carácter áspero y violento. Y sucedió que, como se acostumbraba en ese tiempo, la elección del esposo no fue hecha por la muchacha sino por los progenitores y estos se equivocaron totalmente al buscarle marido y quizás no se fijaron en las cualidades exteriores del individuo y no averiguaron bien qué tal era su personalidad y casaron a Rita con un verdadero monstruo de maldad. El marido resultó brutal, mujeriego y de un temperamento ciento por ciento agresivo. El tal hombre llegó a ser el terror de los vecinos y un continuo agresor dentro de su casa. La bondad de Rita superó las asperezas del marido e hizo posible una vida de paz y de concordia. Tuvieron dos hijos varones.

Con una vida sencilla, rica en oración y de virtudes, toda dedicada a la familia, ayudó al marido a convertirse y a llevar una vida honesta y de trabajo. Su vida de madre y de esposa fue turbada por el asesinato del marido, víctima del odio entre los grupos. Rita logró ser coherente con el Evangelio, perdonando totalmente, como Jesús, a quien le había causado tanto dolor. Los hijos, en cambio, influenciados del ambiente y de los parientes, estuvieron tentados y proclives a la venganza. La madre, para evitar la ruina humana y espiritual de sus hijos, pidió a Dios que prefería la muerte de sus hijos antes que verlos manchados de sangre; ambos enfermaron y murieron muy jóvenes. Su oración, humanamente incomprensible fue escuchada.

 

Rita, viuda y sola, pacificó los ánimos y reconcilió las familias con la fuerza de la oración y del amor; entonces pudo entrar en el monasterio agustiniano de santa María Magdalena de Casia. Aquí lleva una vida santa con una particular espiritualidad, que privilegiaba la Pasión de Cristo; y vivió cuarenta años, sirviendo a Dios y al prójimo con una generosidad y alegría atenta a las diversas situaciones dramáticas del ambiente y de la Iglesia de su tiempo. Sobresale por su espíritu de oración, su identificación con la voluntad de Dios aceptando la cruz, su amor a la Eucaristía y su entrega al prójimo. En los últimos quince años de su vida, Rita llevó sobre la frente el estigma de una de las espinas de la corona de Cristo, completando así en su carne los sufrimientos de Jesús.

Pero se cuenta... que Rita quiso entrar en el convento de las hermanas agustinas de Casia, pero su petición no fue aceptada. De vuelta al retiro del hogar, oró incesantemente a sus tres santos protectores: S. Juan Bautista, S. Agustín y S. Nicolás de Tolentino, y una noche se produjo el prodigio. Los tres santos se le aparecieron y la invitaron a seguirles, abriendo las puertas del convento, bien protegido por muros y cerrojos, la condujeron hasta el medio del coro, donde estaban recitando la oración de la mañana. Así Rita pudo vestir el hábito de las agustinas, realizando el antiguo deseo de entrega total a Dios. Se dedicó a la penitencia, a la oración y al amor de Cristo crucificado, que la asoció aun visiblemente a su pasión, con el estigma de una espina en su frente.

Este estigma milagroso, recibido durante un éxtasis, marcó el rostro con una dolorosísima llaga purulenta hasta su muerte, esto es, durante catorce años. La fama de su santidad pasó los limites de Casia. Las oraciones de Rita obtuvieron prodigiosas curaciones y conversiones. Para ella no pidió sino cargar sobre sí los dolores del prójimo. Murió en el monasterio de Casia en 1457 y fue canonizada en el año 1900.

Fue venerada como santa inmediatamente después de su muerte, como se encuentra testimoniado en el sarcófago y en el “Codex miraculorum”, documentos ambos que pertenecen al 1457-62. Sus huesos, desde el 18 de mayo de 1947, reposan en el Santuario dentro de una urna de plata y cristal trabajada en 1930. Recientes estudios médicos han afirmado que sobre la frente, al lado izquierda, se encuentran las huellas de una llaga ósea (osteomielitis). El pie derecho tiene, además, la señal de una enfermedad padecida en los últimos años, quizás una artritis; mientras su estatura era de 1,57 cm. El rostro, las manos y los pies están momificados, bajo el hábito de monja agustina se encuentra entero el esqueleto articulado.

Fue característica suya pasar por todos los estados de la vida, y en cada una de estas etapas se dedicó a cumplir sus deberes con la mayor exactitud posible y todo por amor de Dios, superando el sufrimiento con amor generoso y con un profundo espíritu de penitencia, siendo siempre mensajera de paz y reconciliación.

Rita, según algunos autores muerta en 1447, según otros en 1457, fue beatificada en 1628 por Urbano VIII, y León XIII la proclamó santa el 24 de mayo de 1900.

 

 

 

 

 

 

 

BEATO MARIANO DE LA MATA

5 DE NOVIEMBRE

 

BEATIFICACIÓN DEL P. MARIANO DE LA MATA, AGUSTINO

“Amigo de los niños, defensor de los pobres y protector de la naturaleza”

El día 5 de noviembre de 2006, a las 10 de la mañana.

 

“Tengo la satisfacción de comunicaros que el próximo domingo 5 de noviembre tendrá lugar en São Paulo, Brasil, la beatificación de nuestro hermano Mariano de la Mata Aparicio. El Santo Padre ha delegado al Cardenal José Saraiva, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, para que realice la beatificación en su nombre. Al día siguiente, lunes 6, el Cardenal Cláudio Hummes celebrará en nuestra parroquia de Santo Agostinho la primera misa del nuevo Beato”

(P. General, Carta 13 septiembre de 2006).

Un hogar cristiano

 

Arropado por el cariño de una familia cristiana nació en Barrio de la Puebla (Palencia) el 31 de diciembre de 1905 el niño Mariano, hijo de Manuel y Martina.

Sus padres supieron transmitir a sus ocho hijos –cuatro varones y cuatro mujeres– una conciencia recta y una educación integral, sembrando con la palabra y el ejemplo de una familia verdaderamente cristiana, la simiente de la fe y del amor, lo que después sería la esencia de la vida del P. Mariano. En semejante ambiente familiar no fue difícil forjar la vocación religiosa agustiniana de los cuatro varones y la sacerdotal de Mariano y Hermenegildo. Los otros dos hermanos – Tomás y Baltasar- profesaron como hermanos de obediencia. Todos en la Orden de San Agustín.

 

Religioso Agustino

 

El pequeño Mariano fue a la escuela en su pueblo natal y los primeros estudios de latín los hizo en “Barrisuso de Valdavia”. El 29 de agosto de 1921 ingresó en el Seminario de los Agustinos Filipinos de Valladolid, realizando así el sueño de sus padres.

Aquel ánimo sereno y equilibrado que le caracterizaba encontró el ambiente propicio para sus aspiraciones y una óptima preparación para los compromisos futuros.

Después del noviciado hizo su primera profesión el 10 de julio de 1922 y el día 2 de enero de 1926 hizo la profesión solemne en la Orden de San Agustín.

La ordenación sacerdotal, fue en una fecha muy querida y recordada por él: el 25 de julio de 1930, día de Santiago Apóstol. Mariano ya era sacerdote agustino y estaba preparado para comenzar la misión, coronando así su vocación. El 21 de agosto de 1931 fue destinado por el P. Provincial a Brasil.

 

Un ejemplo que arrastra

 

El ejemplo de Mariano y sus tres hermanos influyó en su familia, tres sobrinos y tres sobrinas también abrazaron la vida religiosa agustiniana.

Vivía y disfrutaba intensamente la realidad agustiniana de su familia, que tanto les unía siempre, pero de forma especial en sus vacaciones con ellos. Para los sobrinos el P. Mariano era el Tío, pues así le llamaban con cariño. Y tuvo la suerte y el consuelo de que dos de ellos, Máximo y Mari Paz, fuesen desde Colombia y Perú a Brasil y le acompañasen en los últimos días de su vida.

 

Mensajero del amor

 

Mariano era generoso por naturaleza, de carácter firme, espontáneo, desprendido. Todo era de la comunidad y el vivía para la comunidad. Le caracterizaba también una sensibilidad especial para con los enfermos. En la comunidad era un excelente enfermero; un auténtico samaritano que no tenía reloj ni horas para acudir a confortar a los enfermos. Era un verdadero mensajero del amor, confortando con su presencia y palabra de esperanza a los enfermos. Sería muy difícil saber los hospitales de São Paulo que visitó y las horas que dedicó a los enfermos.Y tuvo que sufrir por sus deficiencias visuales y auditivas que le acompañaron durante muchos años de su vida. Su amor era más fuerte y la caridad le animaba, “la muerte no espera – decía – y la soledad aumenta el dolor”. En sus andanzas pastorales el horario era secundario. Sin preocupación y sin pensar en los riesgos, enfrentando desafíos, salía conduciendo el viejo escarabajo (Vokswagen) animado por una alegría interior para llevar un rayo de esperanza a los enfermos y a los necesitados de amor y así visitaba las Oficinas de Caridad de Santa Rita de Casia.

Muchas fueron las familias que visitó, reconciliando a unos, alegrando a otros y transmitiendo esperanza a todos.

Su forma de hablar, su figura, siempre con el hábito agustino, y el cariño que transmitía consiguieron que el pueblo llano fuera el primero en declararle apóstol de la caridad y pedir insistentemente su canonización.

 

Corazón sensible

 

La naturaleza le contagiaba. Las plantas y las flores eran una de sus aficiones y hobbis. Regaba, pulverizaba y lavaba las hojas de las plantas con la misma delicadeza y cuidado que aplicaba una inyección. Ante sus tulipanes se extasiaba. Todas las plantas tenían valor y hacía resucitar a las más raquíticas y menos vistosas, que otros no apreciaban. Una parte de la azotea del Colegio Santo Agostinho el espacio de sus plantas y donde el se relajaba.

Esa sensibilidad adquiría una dimensión especial cuando se trataba de las familias, los amigos, los ex-alumnos, los enfermos y los más necesitados.

A su regreso de Belo Horizonte, donde fue operado de cataratas, pidió para leer el evangelio un día de fiesta y al terminar hizo un gesto que llamó la atención de los asistentes. Fue una expresión de agradecimiento por haber recuperado la vista. Antes se había dirigido al altar de Ntra. Sra. de la Consolación y ante la imagen le oyeron decir: “Madre, estoy viendo tus colores”.

Con su corazón verdaderamente sensible acogía con alegría, se entregaba con generosidad y como buen samaritano acompañaba a los necesitados.

 

Sus amores

 

La Eucaristía, la Virgen, los niños, los pobres y los enfermos.

 

Sus pasiones

 

La naturaleza (dejó colecciones de mariposas, insectos, piedras y sellos), la familia, las Oficinas de Santa Rita de Casia y las vocaciones agustinianas

 

Amante y amado por los niños

 

El Beato P. Mariano, además de ser protector de los pobres y de los enfermos, fue amigos de los niños. Los niños le buscaban, les gustaba hablar y juguetear con él. En los bolsos de su hábito había de todo y nunca faltaban las estampas y los caramelos que con mucha gracia distribuía entre ellos. Algo había en él que contagiaba a los más pequeños, pues con frecuencia salían del patio e invadían la sacristía para pedirle una estampa (santinho) o un caramelo (balinha) y la bendición. Por muchos años fue Director Espiritual de la Asociación de Oficinas de Caridad Santa Rita de Casia y de forma ininterrumpida desde 1961 hasta 1983, fecha de su muerte.

El ejemplo está ahí; sigamos sus virtudes y pidamos su intercesión. En Brasil son muchas las gracias que el Señor ha concedido por su intercesión.

 

 

Oración

 

Oh Jesús, Divino Salvador,

que te complaces en exaltar

a los humildes de corazón,

dígnate glorificar al Beato Mariano,

que tanto trabajó por tu Reino

entre los pobres y humildes.

Concédeme, por su intercesión

la gracia que ardientemente suplico.

 
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